EN UN LUGAR DE LA MANCHA… ENTRE LLANURA, SIERRA Y TABLAS: CONJUNTO PAISAJÍSTICO, NATURAL E HISTÓRICO-CULTURAL DE LOS PARAJES Y EL ENTORNO DE LAS TABLAS DE DAIMIEL Y VILLARRUBIA DE LOS OJOS DEL GUADIANA, POSIBLEMENTE EL ESCENARIO DE MAYOR BELLEZA, CONTRASTE, BIODIVERSIDAD Y LEGADO PATRIMONIAL DE LAS TIERRAS QUIJOTESCAS. Filmación realizada desde la cima del “Peñón del Moro”, también conocido como “La Friolera”, que situado justo a las espaldas del municipio manchego de Villarrubia de los Ojos del Guadiana se erige como una de las mayores alturas de la fachada sur de la sierra de esta localidad -en el extremo más oriental de los Montes de Toledo- y, por su privilegidada posición, en su parte central, como un incomparable balcón de la Llanura Manchega más occidental y las Tablas de Daimiel y Villarrubia. El vídeo nos acerca en primer lugar al municipio de Villarrubia de los Ojos del Guadiana, en el que destaca, por su tamaño y localización céntrica, como es típico en los pueblos manchegos, su iglesia parroquial. Seguidamente, girando hacia el este aparece en un primer momento la Llanura Manchega y, a continuación, tras pasar por una amplia zona de raña intermedia y de transición ocupada mayoritariamente por cultivos de olivar, las estribaciones más orientales de la cara sur de la Sierra de Villarrubia, en la que sobresalen especialmente el “Peñón y Plaza de Manciporras” y los abruptos y sobrecogedores relieves que los rodean y, más en un primer plano, los parajes también serranos y villarrubieros de “Peñas Amarillas” y, sobre todo, “Valparaíso”, con sus espectaculares riscos y crestas cuarcíticas y destacadas y llamativas pedrizas. A continuación, el vídeo da un giro hacia la, en este caso, zona más occidental de la vertiente sur de la sierra villarrubiera que desde este punto se avista, para después, tras pasar de nuevo por una zona intermedia y de transición de raña ocupada en buena parte por olivares, abrirse ya hacia el extremo más occidental de la Llanura Manchega, donde se aprecian cultivos propios de esta zona –mayoritariamente viñedos, olivares y siembras de cereal-, así como multitud de viejas quinterías y casas de campo. Seguidamente, el vídeo nos conduce a los extensos encharcamientos del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia y su exuberante vegetación palustre, con la típica coloración pardo-amarillenta propia de la época –finales de invierno-, así como la amplia Dehesa de Casablanca y Zacatena. Finalmente, la filmación sigue haciendo un barrido por el resto de Llanura Manchega hasta regresar otra vez al punto de partida, el pueblo manchego de Villarrubia de los Ojos del Guadiana, tras un previo acercamiento desde estas alturas a la pequeña y sencilla ermita serrana también villarrubiera de San Cristóbal. Durante este último recorrido se siguen viendo los cultivos propios de esta zona y decenas y decenas de quinterías y casas de campo, la canalizada y desecada Vega de Villarrubia –o Tablas del Gigüela-, y, más al fondo, algunos tramos de Los Ojos y río Guadiana también encharcados, el municipio de Daimiel y, en la lejanía, la Serranía del Campo de Calatrava (agradecimientos a Sebastián y Eugenio, propietarios de la finca de “El Yebenero”).

 

 

 

Panorámica tanto del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia como de su entorno más inmediato desde la Isla del Pan, situada en el corazón de este este humedal. Alrededor de las zonas encharcadas aparecen sucesivamente el muy cercano municipio de Villarrubia de los Ojos del Guadiana, los Montes de Toledo y más concretamente la Sierra de Villarrubia y su raña o parte de la Dehesa de Casablanca-Zacatena, así como cultivos en las zonas intermedias, sobre todo de viñas y olivares.

 

 

 

Patos colorados (netta rufina) macho y una pareja de somormujos lavancos (podiceps cristatus) próximos a las pasarelas de visita del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia. Mientras los patos colorados se dedican a comer algas u “ova”, su principal alimento, la pareja de somormujos, de la familia de los zampullines, se dedica a desplegar su llamativo cortejo nupcial, que culmina cuando macho y hembra, que no presentan dimorfismos sexual o diferenciación en el plumaje, se sitúan uno junto al otro y el uno imita los movimientos de cuello y cabeza que hace el otro y viceversa. De fondo, cánticos de carricerín y rana común (mes de mayo).

 

 

 

La garza imperial (ardea purpurea) es una más de las distintas especies de garzas que desde África vienen al continente europeo y, dentro de éste y con gran frecuencia y preferencia, a los humedales manchegos y las Tablas de Daimiel y Villarrubia para, durante la primavera y buena parte del verano, llevar a cabo su reproducción. Para ello, a diferencia de otras ardeidas que son preferentemente arborícolas a la hora de criar, escoge grandes y enmarañados amasijos de vegetación palustre, que es donde instalan sus nidos, a ras del suelo o del agua, para a la vez estar estos y sus crías lo más escondidos y protegidos posible de la amenaza de los depredadores. Por ello, esta garza está dotada de un plumaje que, aunque muy llamativo y vistoso combinando tonos amarillentos, grisáceos, pardorojizos y rayados oscuros, actúa como un auténtico camuflaje en el medio en el que pasa la mayor parte del tiempo, es decir, esos enmarañados bancales de vegetación palustre, mimetizándose perfectamente con los tallos y hojas de la vegetación  y las estrechas sombras que entre ellos se abren, siendo algunas de las imágenes que aquí aparecen buena prueba de ello.  A la vez es una de las ardeidas más grandes junto a la garza real y la garceta grande, siendo además bastante huidiza y esquiva, pero en el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia es frecuente verla haciendo cortos desplazamientos en vuelo entre los numerosísimos bancos de masiega, anea o carrizo que en él proliferan, así como sobrevolando constantemente el marjal  primero llevando material para construir sus nidos y, más adelante, llevando alimento a sus hambrientos polluelos, fundamentalmente peces, cangrejos, anfibios como ranas y sapos y otros animalitos que habitan en el humedal (desde varios puntos de la zona de uso público del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia / primavera y verano).

 

 

 

Conocido en la zona como “carranchín”, en las Tablas de Daimiel y Villarrubia y demás humedales del entorno de La Mancha Húmeda no se concibe ninguna primavera ni verano sin el rítmico, repetitivo, armonioso, alegre y potente cántico emitido por el macho de esta especie en pleno período de reproducción. Posado y agarrado en el tallo sobre todo de algún carrizo, aunque también entre las aneas, las masiega o incluso la rama de algún taray, el macho de esta especie no para a lo largo del día de posicionar y limitar con su inconfundible cántico la zona de reproducción y nidificación que comparte con su pareja, que, como bien indica su nombre, al igual que su hábitat, se ubica entre la vegetación palustre, tratándose el nido de un pequeño cuenco de maleza entrelazada y colgado y sujetado normalmente entre tres o más tallos de carrizo. El plumaje del carricero tordal (acrocephalus arundinaceus), al igual que el de sus parientes carricero común y buscarla unicolor, no es especialmente vistoso, aunque sí es llamativa la cresta que se erige sobre cabeza del macho y cómo se hincha la garganta de éste mientras emite con sumo énfasis ese potente cántico, pareciendo que su principal objetivo sea que todo habitante del humedal lo tenga que escuchar, así como conocer su posición y localización. El carricero tordal, también al igual que el carricero común y la buscarla unicolor, sólo está presente en los humedales europeos, peninsulares y manchegos durante la primavera y el verano, que es donde cría, migrando al continente africano para pasar allí las estaciones del otoño y el invierno (dos escenas distintas grabadas en dos puntos diferentes dentro del tramo de pasarelas de visita del Itinerario Isla del Pan del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana, una a pleno día, y otra al atardecer / primavera).

 

 

 

Repentina y fugaz irrupción, ante nuestra sorpresa, delante de uno de los observatorios faunísticos del Itinerario de la Isla del Pan del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana, dentro del cual nos encontramos, de una nutria (Lutra lutra). Como la mayoría de los mamíferos, la nutria es una especie muy difícil de ver en libertad y en plena naturaleza por sus hábitos esquivos y huidizos y, sobre todo, crespusculares y nocturnos, y, cuando se tiene la suerte de avistar alguna –caso del momento de grabar estas imágenes- lo es como aparece en éstas, marcando una estela en la superficie del agua si va buceando muy cerca de ésta, para, por momentos, ponerse a nadar solamente con la cabeza fuera del agua, para, tras llenar de aire y oxígeno sus pulmones, nuevamente sumergirse en ella en busca de su alimento, fundamentalmente peces, cangrejos y otros animalitos acuáticos. Entre otros muchísimos aspectos, este Parque Nacional es importante porque es uno de los pocos refugios de la Península Ibérica en los que este mamífero en regresión, cuyo modo de vida está totalmente ligado al agua, todavía tiene presencia. En los años y décadas anteriores al último ciclo húmedo iniciado en 2010 en los que este humedal ha permanecido casi invariablemente seco, la población de nutria comarcal, que aquí tenía su refugio histórico y potencial, ha sobrevivido al haber encontrado otros hábitats alternativos, como diversos embalses cercanos. Con la recuperación hídrica del Parque Nacional desde el año 2010 buena parte de las distintas poblaciones de nutrias que divagaban por la comarca han vuelto a su lugar de origen, volviendo a contar este humedal con una población importante de esta especie (febrero).

 

 

 

El “terror” de Las Tablas: el aguilucho lagunero (circus aeruginosus). Efectivamente, éste es el depredador alado más temido por los habitantes de éste y todos los humedales de La Mancha Húmeda, especialmente las aves acuáticas. Patos, fochas o gallinillas de agua, entre otras, son presas de sus temibles garras, que caen sobre sus víctimas tras sesiones y sesiones diarias de intenso planeo y rastreo a ras del agua y de la vegetación palustre en busca de una presa despistada, débil o enferma. En plena sintonía con su nombre común, el aguilucho lagunero desarrolla una vida totalmente ligada a los humedales, encontrando en ellos o en sus más inmediatos alrededores su alimento, así como su refugio y zona de cría, pues instala sus nidos entre la vegetación palustre. En estas imágenes aparecen sucesivamente algunas hembras, fáciles de identificar por la cabeza y hombros claroamarillentos o “canos”, frente al marrón parduzco del resto de su plumaje, mientras que las dos últimas secuencias son protagonizados por el macho, con la cabeza grisácea, lo mismo que buena parte de las alas, que terminan con una punta negruzca (imágenes tomadas en los recorridos Itinerario Isla del Pan e Itinerario de la Torre de Prado Ancho de la zona de uno público del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia (primavera y verano).

 

 

 

Zampullín chico (Tachybaptus ruficollis), con el plumaje de invierno y haciendo honor a su nombre común, pues, tal como aparece en la grabación, constantemente se zambulle o introduce por completo en el agua para encontrar alimento (pequeños animalitos e insectos de agua) tras unos segundos de buceo. Aunque puede parecer un pato en miniatura, los zampullines realmente pertenecen a la familia de los somormujos, aves acuáticas especializadas en el buceo que nada tienen que ver con las anátidas, y tanto ese modo de vida, como el tamaño, así como sus costumbres esquivas y escondidizas y lo electrizante de su movimiento, hacen que muchas veces pase inadvertido para el visitante común del Parque Nacional, cuando realmente tiene gran presencia en el mismo (desde uno de los observatorios del Itinerario de la Torre de Prado Ancho del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia / noviembre).

 

 

 

Grupo de ánsares comunes (Anser anser), o gansos silvestres, primero en vuelo –de forma ordenada, en línea o en forma de “V” y con gran griterío, como las grullas- y, seguidamente, sobre unas aguas de poca profundidad situadas delante de uno de los observatorios del Itinerario de la Torre de Prado Ancho del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana. Contra natura, el ánsar común ha protagonizado en este Parque Nacional desde hace ya algunos años un hecho insólito, pues se ha hecho sedentario y reproductor, cuando históricamente, tal como siguen haciendo también otras aves invernantes ligadas a los humedales manchegos como las grullas o las cercetas comunes, sólo acudía a la Europa del sur y mediterránea como invernante procedente del norte y centro de Europa, así como de las zonas escandinavas, su área de cría exclusiva y tradicional. En este vídeo, tomado en el mes de febrero, ya vemos algunos comportamientos prenupciales entre algunos machos, pues pronto se emparejarán con las hembras para comenzar la reproducción y la cría. En este sentido, dentro de las aves, el ánsar común es, junto a la cigüeña blanca, la especie que más tempranamente empieza a criar en el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, siendo posible ya ver los primeros polluelos en el agua siguiendo a los padres a finales de febrero y principios de marzo. Por otro lado, al ánsar común es esencialmente vegetariano, y en las Tablas de Daimiel y Villarrubia tiene especial preferencia por la castañuela, también conocida como “juncia morisca”, un tipo de junco muy apetecido por esta especie. En el vídeo vemos además un comportamiento característico de los ánsares comunes mientras se alimentan en grupo: mientras la mayoría comen despreocupadamente, unos pocos, como el que aparece en la imagen, montan una rígida y disciplinada guardia para advertir a tiempo la llegada de cualquier amenaza, ante la cual, de aparecer, rápidamente emiten la señal de alarma.

 

 

 

Este pajarito –buscarla unicolor (Locustella luscinioides) propio de los humedales y muy habitual en La Mancha Húmeda y las Tablas de Daimiel y Villarrubia protagoniza uno de los sonidos más comunes, presentes, sonoros y curiosos que se pueden escuchar en estos espacios durante la época de la reproducción, es decir, la primavera y buena parte del verano. Sobre todo, su cántico, producido por el macho para marcar el territorio del área de nidificación establecido con su pareja, que es entre la vegetación palustre, es curioso porque parece tratarse del sonido o ruido producido por un gran insecto, recordando también al de un pequeño motor. Sin embargo, lo produce este pequeño paseriforme, que de forma incesante, se pasa las horas y horas emitiéndolo agarrado a la rama de algún carrizo, anea o masiega, muy a menudo muy escondido, que es cuando nos confunde con un insecto si no somos muy expertos, pero a veces más visible, siendo entonces cuando el espectador inexperto se percata y sorprende de que realmente se trata de un pequeño pájaro, por otro lado de aspecto poco llamativo y muy parecido sus parientes cercanos carricero común y carricero tordal. Como ellos, también es africano y sólo viene a estas latitudes a reproducirse, pasando el otoño y el invierno en África (dos escenas grabadas en dos puntos distintos dentro de la zona de uso público del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana / primavera).

 

 

 

Grupo de moritos (plegadis falcinellus) alimentándose mientras los filmamos desde el observatorio faunístico ntre la Isla de los Tarayes y la Isla del Maturro, dentro del Itinerario de la Isla del Pan de la zona de uso público del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia. Junto a ellos, algunos ánades reales (anas plathyrhynchos) en “mancada” o fase de cambio de plumaje. Destaca en el morito su alargado pico curvado hacia atrás y el color pseudometálico con tonos verdosos y rojizos que adopta su plumaje bajo una intensa y viva luz solar. El morito es un tipo de ibis, ave típica del Nilo y sagrada en el Antiguo Egipto, no habiendo sido habitual en este Parque Nacional hasta hace relativamente poco. Sin embargo, desde la recuperación de este humedal a partir de 2010, el morito ha ido poco a poco haciéndose común, llegando incluso a criar. Advertir que también es una especie difícil de ver en la cercanía, pues es bastante tímido y esquivo (mes de agosto).

 

 

 

Conocidas popularmente en la zona por su forma, junto a los caballitos del diablo, como “candiles” –antigua lámpara de aceite-, estos insectos, componentes del orden de los odonatos, de gran tamaño y que en vuelo recuerdan a un helicóptero en miniatura, son uno de los seres invertebrados más presentes y que más se dejan ver en los humedales, como los de La Mancha Húmeda y, dentro de ésta, las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana. Porque la primera fase de su vida, la larvaria, la desarrollan bajo el agua, ya que los progenitores depositan sus huevos en ésta. Durante dicha inicial fase larvaria y acuática, las libélulas adoptan un aspecto realmente sobrecogedor, en especial por estar dotadas de un formidable aparato bucal, con el cual actúan como un insaciable y terrorífico depredador, llegando a capturar presas realmente notorias, como alevines de peces. Posteriormente, esas primigenias larvas acuáticas salen del agua y se transforman, según el caso, en las libélulas o en los caballitos del diablo,  pero no dejan de estar ligadas al agua, pues ahora actúan también como voraces cazadores y depredadores de otros insectos no propiamente acuáticos pero también ligados a las zonas húmedas. Existen multitud de variedades, en tamaño y color, de libélulas y caballitos del diablo y de ello se puede disfrutar durante la primavera y el verano en las Tablas de Daimiel y Villarrubia y su entorno húmedo más inmediato, como las que aparecen en la primera parte estas imágenes, obtenidas en el paraje de la vega villarrubiera de “La Milla”, en el tramo del río Gigüela previo a su entrada este Parque Nacional compartido por esos dos municipios. Mientras, en la segunda parte del vídeo, una escena grabada desde las pasarelas de visita del Parque Nacional daimieleñoy villarrubiero, aparece la también peculiar forma que tienen estos insectos de aparearse, sujetándose en vuelo macho y hembra la cabeza con la cola, todo ello sobre el agua, donde terminan depositando los huevos, reiniciándose así, una vez más, temporada tras temporada, su ciclo reproductivo y vital.

 

 

 

Nos encontramos observando desde uno de los miradores faunísticos del Itinerario de la Torre de Prado Ancho del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia un bando de grullas (Grus grus) que nos sobrevuelan a baja altura y, de repente, uno de los visitantes con el que compartimos el observatorio nos alerta con gran entusiasmo de que delante de nosotros aparece un zorro (Vulpes vulpes), que durante unos instantes se nos exhibe para deleite de todos los que estamos presenciando dicha escena. El zorro es uno de los principales depredadores mamíferos que actualmente habitan en el Parque Nacional y su entorno (mes de enero).

 

 

 

Masivo bando de grullas comunes (Grus grus) de varios centenares de ejemplares llegando desde algún punto de los campos de Daimiel o Villarrubia a su dormidero en las zonas encharcadas del interior Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana. Esta bella y, a la vez, espectacular estampa, acompañada de un impresionante vocerío y que tiene como telón de fondo a los pintorescos y sobrecogedores atardeceres manchegos, es habitual y típica cada otoño y cada invierno en las Tablas de Daimiel y Villarrubia, tratándose de una de las escenas más impresionantes de las que la naturaleza brinda en este espacio natural protegido a lo largo de todo el año (desde las pasarelas de visita del Itinerario de la Isla del Pan del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos / enero).

 

 

 

Panorámica realizada en la parte más oriental de la vertiente sur de la Sierra de Villarrubia de los Ojos recorriendo la vía pecuaria conocida como la “Cañada del Carrerón” desde una posición próxima a uno de los puntos más legendarios de la serranía villarrubiera: la “Plaza de Manciporras” –enfocada nada más iniciarse la filmación y a la que se vuelve durante el transcurso de la misma-, antiguo enclave y asentamiento humano envuelto en leyenda e históricamente estratégico por su inmejorable dominio visual de todo el territorio circundante, sobre todo durante la Edad del Bronce a modo de “castellón” y posteriormente en la época islámica y de la Reconquista como atalaya de vigilancia. Lo mismo que el también legendario “Peñón del Moro” –también conocido como “La Friolera”-, que aparece en este caso en la lejanía cerrando por el oeste esta panorámica al pie de la localidad manchega de Villarrubia de los Ojos, impidiendo a la vez desde aquí el avistamiento del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, situado justo a sus espaldas desde nuestra posición. En estas imágenes llaman poderosamente la atención sobre todo las espectaculares -por lo agrestes y escarpadas que se muestran- crestas cuarcíticas que coronan muchas de las mayores alturas de estas sierras, entre ellas la propia Plaza de Manciporras, así como las de los morrones que tanto quedan a sus espaldas como los custodian justo por delante. También destaca la extensa zona de olivar que se expande por la zona de la raña sur anexa, concretamente la del Valle de El Allozar. Mientras, una ligera bruma impide ver con suficiente nitidez y claridad la extensa Llanura Manchega que también se abre más hacia el sur y que desde aquí es visible de forma privilegiada y espectacular.

 

 

 

Una de las joyas de la fauna de la Sierra de Villarrubia y, por extensión, de los Montes de Toledo: el águila imperial (aquila heliaca). Ésta y el buitre negro se erigen como dos de las rapaces más amenazadas del continente europeo, en crítico peligro de extinción, y en la zona serrana de Villarrubia tenemos el privilegio no sólo de poder observar a ambas especies, sino también, en el caso de la primera, de ser zona de cría. Tal como se aprecia en las imágenes, el águila imperial es fácil de identificar en vuelo por sus “hombreras” blancas, en claro contraste con el color oscuro del resto de su plumaje (desde el Puerto de Los Santos de la Sierra de Villarrubia de los Ojos del Guadiana / primavera).

 

 

 

Durante el mes de septiembre y en la primera parte del otoño hasta bien entrado octubre tiene lugar el que posiblemente sea el mayor espectáculo natural que en su conjunto ofrecen los Montes de Toledo, la “berrea”, no siendo la Sierra de Villarrubia de los Ojos del Guadiana, en la vertiente más oriental de aquellos, una excepción. Se trata de la época de celo y reproducción del ciervo común (cervus elaphus), el animal y mamífero de mayor tamaño que actualmente habita en estos parajes. La berrea se trata de un doble espectáculo natural, tanto visual como sonoro, y sus más destacados e indiscutibles protagonistas son los grandes machos, los “venados”, que dotados de enormes e imponentes cornamentas y capaces de emitir incesantemente unos bramidos realmente sobrecogedores y estruendosos, pugnan unos con otros por hacerse con el control de un grupo de hembras de un determinado territorio, para finalmente cubrirlas y así hacer perpetuar su portentosa descendencia. Para ello, los distintos machos de un territorio acuden y se reúnen entorno a uno de esos grupos de hembras, que durante esta época de celo acuden a las zonas más llanas y más desprovistas de la densa y espesa vegetación del monte, como son sobre todo las zonas de raña. Y durante semanas, los grandes venados compiten por su control, unas veces entablando una lucha directa y espectacular haciendo chocar y enganchando con las del rival sus grandes astas a modo de prueba de fuerza como si de un pulso se tratara, y, otras, las más y durante la mayor parte del tiempo, tratando de amedrentar y hacer recular a sus congéneres a partir de fortísimos bramidos que retumban por todo el monte y sierras adyacentes día y noche, hasta que, finalmente, poco a poco todos los machos parecen ir aceptando al ganador, cuya recompensa es el aparearse con las hembras pretendidas. Testimonio de ello son las siguientes imágenes, captadas en diversos parajes de la Sierra de Villarrubia de los Ojos del Guadiana, serranía de los Montes de Toledo más orientales en la cual se puede disfrutar de este espectáculo de la naturaleza al atravesar y recorrer la carretera que une este municipio ciudarrealeño y manchego con el toledano de Urda, vías pecuarias como las coladas de Valparaíso y Los Santos y la Cañada de El Carrerón o caminos también serranos como los de Los Picones, el de la Fuente Blanca y la Fuente del Umbrión o el de Sierra Luenga.

 

 

 

Buitre negro (aegypius monachus) sobrevolando el paraje de Peñamorejón mientras recorremos la vía pecuaria Colada de Valparaíso, dentro de la Sierra de Villarrubia. Al igual que el buitre leonado, su pariente próximo, el buitre negro cría y se reproduce en el cercano Parque Nacional de Cabañeros y tiene en la sierra villarrubiera una de sus preferidas despensas de alimento, por lo que también es bastante habitual su presencia en esta zona de los Montes de Toledo. Recordemos que el buitre negro es una especie en crítico peligro de extinción y ésa es una de las muchísimas razones por la que estas sierras están catalogadas y reconocidas por la UE con los títulos de LIC (Lugar de Interés Comunitario) y ZEPA (Zona de Especial Protección de Aves). Tras recrearnos con el vuelo de este enorme carroñero, de tres metros de envergadura  alar de punta a punta, el vídeo culmina dirigiendo la vista a un nido de águila real (aquila chrysaetos) ocupado y en pleno proceso de cría, ubicado en una oquedad entre los riscos de un imponente morrón cuarcítico propio de estas sierras, aunque la lejanía de nuestra posición y las sombra que lo envuelve apenas dejar verlo con nitidez a ojos de la cámara de filmación (mes de marzo).

 

 

 

Panorámica al atardecer del paraje de los Ojos del Guadiana desde los restos de una antigua y actualmente ruinosa presa de origen romano que se sitúa dentro del mismo. Este antiguo vergel natural situado en mitad de la Llanura Manchega más occidental en el que manaba prodigiosamente el agua a través de numerosos y potentes manantiales, en las últimas décadas pasó a transformarse primero en un río de fuego y humo –por lo que llegó a ser bautizado como el “Río del Infierno”-, para después pasar a ser un paraje estéril y de aspecto “lunar” donde parecía proliferar la “no vida”. Pero esperanzadoramente, los últimos años ha vuelto a recobrar una pequeña parte de su aún no muy antiguo esplendor con un tímido afloramiento de las aguas subterráneas del Acuífero de la Llanura Manchega Occidental que se sitúa bajo todo este ámbito, parcial y paulatinamente recuperado en los últimos tiempos para, al menos, permitirnos recrear vagamente cómo era este emblemático paraje admirado y citado ya desde la misma Antigüedad por personajes tan legendarios como EstrabónPlinio El Viejo o, ya más posteriormente, Miguel de Cervantes. Antiguo esplendor del que también son testimonio mudo las ruinas y restos de la gran e importante ciudadela de época íbera y romana de Los Toriles que se sitúa inmediata a este paraje bajo una loma que aparece de fondo a la izquierda cerrando esta filmación y que, junto a otros restos de la misma época que también circundan este paraje, da lugar a un conjunto arqueológico de enorme valor del que también forma parte las ruinas de la presa desde la que se realiza esta filmación y cuya existencia aquí sólo se explica por la riqueza que en el nacimiento y primer tramo de este río aquellos antiguos pobladores encontraban.

 

 

 

Uno de los varios pequeños manantiales u “ojillos” resurgidos en el primer tramo de río Guadiana comprendido entre el paraje de los Ojos del Guadiana y las Tablas de Daimiel y Villarrubia a partir del último ciclo lluvioso iniciado en el invierno 2009- 2010 y que han permitido al menos un más que escueto resurgimiento de este río en su primer recorrido. Hacía alrededor de tres décadas que el Acuífero de la Llanura Manchega Occidental no rebosaba por ninguno de estos antiguos descargaderos, que ahora nos permiten hacernos alguna idea muy aproximada de cómo manaban los míticos y grandes Ojos del Guadiana o los manantiales de la Vega de Villarrubia, todos ellos todavía a día de hoy secos (río Guadiana, entre los molinos de La Máquina y El Nuevo).

 

 

 

Gran concentración de anátidas o patos en el río Guadiana, en el tramo comprendido entre los molinos Nuevo y de Griñón. En estas imágenes dominan por su presencia principalmente los ánades reales o “azulones” (Anas platyrhynchos), aunque también tiene presencia algún ánade friso (Anas strepera) y algún pato cuchara (Anas clypeata), así como otras aves acuáticas, como fochas (Fulica atra) y zampullines chicos (Tachybaptus ruficollis). Este documento audiovisual explica el por qué del nombre de este río, ya llamado desde antiguo como “Annas” (“Guadiana” a partir de época árabe), en referencia a los ánades (patos) por la enorme y especial presencia de este tipo de aves y otras también acuáticas en sus singulares aguas. Desde el comienzo del último ciclo húmedo a partir del año 2010, después de décadas donde hasta hace muy poquito no había agua y sí un terreno agrietado y quebradizo por el que salía fuego y humo, el Guadiana ha vuelto a tener agua y ese elemento tan singular en su idiosincracia como es la presencia masiva de anátidas o patos, símbolo de su esperanzadora recuperación (diciembre).

 

 

 

Enorme desbandada o “barra” de anátidas o patos, formada también principalmente por ánades reales o “azulones” (Anas platyrhynchos) y en menor medida algún ánade friso (Anas strepera) y algún pato cuchara (Anas clypeata), en el río Guadiana, en el tramo comprendido entre los molinos de Griñón y Molemocho, último trayecto de este río justo antes de empezar a formar el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana. Estas imágenes –enormes “nubes negras de patos” sobre el humedal-, antaño muy presentes y habituales tanto en este primer tramo del Guadiana, como en el actual Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, y que, aún más densas que las que aparecen en este vídeo, por momentos llegaban a nublar y oscurecer acusadamente la luz diurna allá por donde pasaban, nos permiten ver el particular vuelo de los patos, con su singular silueta y su rapidísimo batir de las alas, que produce una especie de silbido o “siseo” característico. También, en la parte final del vídeo aparece, sobrevolando una loma cercana, una bandada de grullas comunes (Grus grus), en este caso desplegando un vuelo más pausado y ordenado, así como un aguilucho lagunero (Circus aeruginosus) hembra planeando sobre el Guadiana en busca precisamente de alguna anátida u otra ave acuática despistada o débil para darle caza (invierno).

 

 

 

Otro de los varios manantiales u “ojos” reaparecidos en los últimos tiempos a lo largo del primer Guadiana que va desde su nacimiento en el paraje de Los Ojos hasta su entrada al Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia. Por esos manantiales y “ojos” aflora al exterior el agua rebosante del gran acuífero que se sitúa debajo de buena parte de la comarca manchega más occidental, el gran Acuífero de la Llanura Manchega Occidental, que abarca una extensión de unos 5.500 kilómetros cuadrados de extensión y hasta 300 metros de espesor o profundidad y con una capacidad máxima de almacenamiento de entre 12.000 y 13.000 hectómetros cúbicos. Tras lustros de intensa sobreexplotación y esquilmación y por momentos con un déficit hídrico de hasta 6.000 hectómetros cúbicos, tal ha sido el nivel de recuperación de este acuífero en los últimos tiempos gracias a las abundantes lluvias y la mayor sensibilización y mejor gestión del uso de las aguas subterráneas por parte de los agricultores de la comarca, que son sus mayores demandantes y usuarios, que después de casi tres décadas sin rebosar por ningún punto, en los últimos tiempos se han vuelto a reactivar algunos de esos manantiales, haciendo “renacer” este primer río Guadiana hasta el punto de permitirle volver a aportar agua al Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, algo que no ocurría desde inicios de la década de los años 80 del siglo XX y que explica el excelente estado de bonanza hídrico que atraviesa actualmente el gran humedal manchego. Aun así, este primer Guadiana no es ni la sombra de lo que fue en su día y, de hecho, sus principales manantiales, los que verdaderamente de daban vigor y un portentoso caudal, los famosos Ojos del Guadiana, situados en la misma cabecera, aún no se han reactivado, pero, en todo caso, es un hecho y una realidad que se ha iniciado una esperanzadora y, en muchos momentos, inesperada recuperación que una vez más, ya el pleno siglo XXI, vuelve a reactivar y hacer viva la magia y la leyenda, de la que ya nos habló entre otros Plinio el Viejo hace 2.000 años, de este siempre eternamente sorprendente y sorpresivo primer río Guadiana.

 

 

Tramo del río Guadiana entre su nacimiento en el paraje de Los Ojos y su llegada al Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, con agua y lleno de vida ligada al medio acuático, algo que no se veía desde hacía tres décadas. Un largo y progresivo proceso de degradación y destrucción incentivado directa e indirectamente por el hombre terminó por convertir a lo largo de varios lustros este vergel que era originalmente el primer Guadiana en un erial de fumarolas y cenizas. Sin embargo, la naturaleza, a partir de un generoso ciclo de lluvias iniciado en el invierno 2009-2010, aunque también con la intervención y ayuda añadida de, otra vez, el hombre, ahora menos codicioso y sí más concienciado, de nuevo ha devuelto a este río a la vida, aún no con el esplendor y majestuosidad de antaño, pero sí con una creciente importancia ecológica del máximo interés. Protagonizan estas imágenes los carrizos y las aneas de las orillas encharcadas, las “ovas” u algas subacuáticas que afloran por encima de la superficie de la lámina de agua, el cántico de las ranas comunes (pelophylax perezi) y los carriceros tordales o “carranchines” (acrocephalus arundinaceus) o, en movimiento en el agua, fochas comunes (fulica atra), zampullines tanto cuellinegros como chicos (podiceps nigricollis y tachybaptus ruficollis) y cigüeñuelas (himantopus himantopus) y, en movimiento en el aire pero siempre sobre el agua, gaviotas reidoras (larus ridibundus) –con su típica “careta” marrón- y fumareles cariblancos (chlidonias hybridus) –con su característica “boina” negra”-, todos ellos seres ligados al agua y pioneros en la colonización de la vida de este renacido y resucitado Guadiana (entre los molinos de Zuacorta y La Parrilla / julio).

 

 

 

Después de mostrarse históricamente, en mitad de la seca y árida Llanura Manchega, como todo un lineal oasis y vergel exuberante lleno a raudales de manantiales y vida, el primer Guadiana -el que va desde su nacimiento en el paraje de Los Ojos, dentro del término del municipio manchego de Villarrubia, hasta su salida del territorio manchego, viarias decenas de kilómetros después, pasando entremedias por lo que es el actual Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, al que alimentaba como principal y vital surtidor, junto al Gigüela- quedó convertido a partir de la década de los ochenta en lo que vemos en las imágenes, lo que se llegó a llamar como el “Río del Infierno”. Tras instalarse en la zona a partir de los setenta un modelo agrario basado en el regadío intensivo a costa de la explotación masiva de las aguas subterráneas del gran Acuífero de la Llanura Manchega Occidental –también denominado Acuífero 23-, que en su estado inicialmente rebosante precisamente permitía la génesis y existencia de este río, sólo una década después dicho acuífero se queda parcialmente esquilmado, agotándose todos los manantiales por los que afloraba su antaño agua sobrante, en especial los famosos y legendarios Ojos del Guadiana y demás manaderos menores localizados en este inicial recorrido por la llanura de La Mancha. A partir de entonces este inicial río Guadiana queda completamente seco y se desencadena a lo largo de todo su cauce y tablazos -que en algunas zonas llegan casi a alcanzar la anchura de un kilómetro- un fenómeno hasta entonces sin precedentes e inédito: la autocombustión de la turba que descansaba bajo su lecho. La turba es materia orgánica en descomposición procedente sobre todo de origen vegetal, y este río y sus tablazos, durante los milenios que llevaban existiendo, habían generado una enorme cantidad de vegetación palustre, sobre todo masiega, la cual, una vez muerta, se había ido depositando en el fondo de su amplio cauce, formando una importante capa de turba, de varios metros de espesor. Con el paso del tiempo, al seguir este río sin agua, se terminó por secar la turba, y al secarse ésta comenzó a sufrir, con su agrietamiento y entrada de oxígeno del exterior, un fenómeno físico-químico que la hizo prender de forma espontánea, produciéndose un peculiar tipo de incendio o combustión en el subsuelo que estaba ocupado por ella. A partir de esos momentos, y durante muchos años sucesivos, el antiguo vergel formado por el primer río Guadiana quedó convertido en un peligroso terreno quebradizo sembrado por millares y millares de fumarolas por donde afloraba el humo de las combustiones e incendios subterráneos, asemejándose a un paraje volcánico. Todo un trágico, triste y patético, pero, a la vez, sobrecogedor e impresionante espectáculo visual con un fuerte y penetrante olor a quemado que finalmente terminó por convertir el cauce y tablazos del Guadiana en un paraje cenizoso y estéril, en este caso cuan si un paisaje lunar se tratara, al que sólo ha regresado la vida a partir de los afloramientos surgidos a partir del último y excepcional gran ciclo lluvioso iniciado en el  invierno 2009-2010, que ha permitido una parcial recuperación del Acuífero de la Llanura Manchega Occidental y, consecuentemente, tras décadas, la reaparición de algunos de los antiguos manantiales, escenificando a todo un ave fénix renaciendo de sus cenizas. Lo mismo ocurriría muchos años después en el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, cuando en 2009, en una situación de extrema y acusadísima sequedad, por primera vez en su historia parte de las turbas de su subsuelo comenzaron a entrar en autocombustión, acaparando en esos momentos este fenómeno una atención mediática y una fama que en su momento, durante años y años, no tuvo la previamente trágica y completa calcinación del río y los Ojos del Guadiana. Las escenas de este vídeo se corresponden a los momentos más álgidos de la turba en pleno proceso autocombustión a finales de los años ochenta y comienzos de los noventa y se grabaron en las inmediaciones y proximidades de los Ojos del Guadiana, y en ellas aparecen también las ruinas de la presa y molino de El Arquel, de posible origen romano y que aparecieron a raíz de secarse el río esos años. También, rodeada de fumarolas, en mitad del cauce y en el mismo entorno, aparece, a modo de montículo, la prehistórica Motilla de Zuacorta (imágenes cedidas por Óscar Jerez García, su autor).

 

 

 

Recorrido panorámico del entorno de los Ojos del Guadiana y el primer tramo de este río en dirección al Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia desde una loma próxima al antiguo molino hidráulico y harinero de Zuacorta, punto que es atravesado por la carretera que une esos dos municipios. Ya desde su nacimiento en el paraje de Los Ojos y este primer recorrido, el río Guadiana presentaba en algunos puntos unos tablazos de hasta casi un kilómetro de extensión, que eran cubiertos por una espesa maraña de vegetación palustre formada por carrizos, aneas y, sobre todo, masiega.
Sin embargo, todo aquello desapareció paulatinamente a partir de la década de los años sesenta, primero a causa de unos trabajos de canalización y desecación y posteriormente por la sobreexplotación del Acuífero de la Llanura Manchega Occidental, que, con 5.500 metros de extensión y hasta 300 metros de espesor, yace bajo buena parte de este territorio. A principio de los años 80 todo aquello ya había desaparecido, a lo que contribuyó un muy prolongado período de extrema sequía, transformándose estos parajes primero en un bosque de fumarolas lo más parecido a un paisaje volcánico a causa de los incendios de la turba situada bajo el subsuelo y, posteriormente, en unos terrenos estériles llenos de “no vida” como si de, en este otro caso, un paisaje lunar se tratara.
Pero cumplida la primera década del siglo XXI, diversas medidas tomadas por las administraciones gubernamentales, un más concienciado y responsable uso del agua subterránea por los agricultores de la zona y una climatología en los últimos años muy favorablemente pluviométrica han permitido que, como ave fénix que renace de sus cenizas, este río haya vuelto a recobrar al menos una pequeña parte de su antiguo esplendor en este primer tramo tan singular y legendario que va desde Los Ojos hasta el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia.
Las imágenes nos muestran, además del característico paisaje manchego de esta zona, en el que se alternan cultivos de vid, olivar y cereales y entre los que se intercalan las antiguas quinterías o viviendas de campo típicas de la zona, parte del riquísimo patrimonio arqueológico asociado al antiguo esplendor de este primer tramo del río Guadiana. Dos motillas de la Edad del Bronce –conocidas también como las “Pirámides de La Mancha”, una a cada lado del Molino de Zuacorta, concretamente las conocidas como motillas de Zuacorta y de La Máquina. Al fondo, aguas arriba próximo al nacimiento en el paraje de Los Ojos, la loma bajo la cual yacen los restos de la destacada ciudadela íbero-romana de Los Toriles y la presa y molino hidráulico asociada a ella, El Arquel. Y en el otro extremo del río aguas abajo hasta donde abarca nuestra vista, en este caso la presa también romana y antiguo molino de La Parrilla.
La filmación concluye dirigiendo la mirada al municipio de Villarrubia de los Ojos del Guadiana, que situado en dirección norte y custodiado por la franja más oriental de los Montes de Toledo, a cuyos pies se sitúa, toma para su nombre como apellido el paraje protagonista de este vídeo y tan próximo al mismo.

 

 

 

Prueba de la creciente importancia ecológica que está experimentando y mostrando en la actualidad la sorprendente e inesperada recuperación hídrica del paraje de los Ojos del Guadiana y el primer tramo de este río desde esta zona hasta el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia y desde éste hasta el embalse de El Vicario en las cercanías de Ciudad Real capital provincial–el más singular hidreológica y ecológicamente hablando en todo su recorrido hasta su desembocadura en el Atlántico en la frontera con Portugal- son estas imágenes. Captadas en primavera en las inmediaciones del paraje de los Ojos del Guadiana y cerca del antiguo molino de Zuacorta en la carretera que une Daimiel con Villarrubia, en ellas acapara el protagonismo una colonia de cría de zampullín cuellinegro (podiceps nigricollis), un ave acuática ciertamente peculiar y con un plumaje nupcial verdaderamente llamativo, indistinto entre machos y hembras, sobre todo por los llamativos mechones o barbones amarillentos que partiendo de sus rojos ojos cuelgan de su cara. Como las demás especies de zampullines, ésta es una auténtica especialista en el buceo a la hora de encontrar su alimento y como particularidad cría en colonias formadas por varias y numerosas parejas que construyen nidos flotantes utilizando diversa materia vegetal acuática, tal como se aprecia en esta escena. Acompañando a los zampullines cuellinegros en estas imágenes, aunque en segundo plano, y dando testimonio de la biodiversidad que está alcanzando este inicial Guadiana pseudorecuperado, también se disponen otras colonias de cría entre las que destacan, dentro de una muy interesante diversidad, las de focha común (fulica atra), cigüeñuela (himantopus himantopus), gaviota reidora (larus ridibundus), fumarel cariblanco (chlidonias hybridus) o incluso alguna pareja de la peculiar anátida tarro blanco (tadorna tadorna), que también aparecen, aunque más discretamente y segundo plano, en esta secuencia. Toda una explosión de vida se va abriendo poco a poco en unos parajes y un primer tramo de río Guadiana que durante lustros se ha presentado como un espacio estéril y de no vida, pero que gracias a las abundantes lluvias iniciadas en el invierno 2009-10 ha vuelto a cobrar una muy destacada, creciente e importante biodiversidad, y eso que aún no es ni la sombra de lo que llegó a ser con enorme majestuosidad hace tan solo cuatro décadas.

 

 

 

Buena parte de La Llanura Manchega está ocupada por el que es considerado como uno de los mayores viñedos del mundo, si no el que más, siendo la franja de llanura que comparten los municipios de Daimiel y Villarrubia – que tiene como eje central los tablazos de los ríos Gigüela y del Guadiana y la unión de ambos en el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia- uno de los focos con mayor concentración y densidad de este cultivo actualmente tan característico y presente en todo este territorio. Si hacemos un recorrido por cualquier parte de los campos de Daimiel y Villarrubia, éste que aparece en las imágenes será el paisaje que casi constantemente nos iremos encontrando, todo un extenso y, en apariencia para la vista, inabarcable “mar de viñas”, de verdoso “oleaje” en verano, que es cuando su “pámpana”, es decir, su frondosa cubierta o copa de hojas, muestra, después de quedar desnudadas en el otoño y el invierno, su mayor grado de desarrollo y color más intensa y vivamente verde. Sin embargo, este extensísimo “mar de viñas” de la llanura daimieleña y villarrubiera, así como los otros que se extienden por buena parte de la Llanura Manchega, es relativamente reciente, ya que su expansión data de mediados de la segunda mitad del siglo XIX, cuando, a raíz del brote de la destructiva epidemia de la filoxera que arrasó los hegemónicos viñedos hasta entonces de Francia y otros focos de Europa, los manchegos se decidieron por implantar aquí este cultivo, que si no novedoso –pues ya existía en la zona, aunque de manera muy residual-, no estaba tan generalizado como actualmente. Así, con el propósito de suplantar la hegemonía en los mercados internacionales de los otros productores vitivinícolas europeos afectados por la filoxera, durante las últimas décadas del siglo XIX y comienzos del XX se despertó entre los manchegos toda una fiebre por convertir todos los campos de La Mancha en viñedos, sustituyendo a otros cultivos hasta entonces predominantes, en especial los cerealísticos, y, a la vez, arrasando con otros paisajes hasta entonces también con enorme protagonismo, en especial el formado por las extensas dehesas todavía en aquellos momentos presentes en muchos de estos parajes  e incluso zonas de monte llano todavía virgen y hasta esos momentos aún sin roturar. Toda una auténtica “colonización” impulsada por esa fiebre de naturaleza vitivinícola que, con la puesta en cultivo de terrenos cada vez más y más alejados de los pueblos de los que partían estos “colonizadores” manchegos, obligó a estos a levantar refugios por el campo ante la incapacidad de, en una misma jornada, desde sus hogares en los pueblos, marchar y volver, siendo estos fundamentalmente los bombos y, en especial en la zona de Daimiel y Villarrubia, las quinterías, siendo estas últimas unas casas rectangulares de tapial con techo a dos aguas a partir de “teja árabe” y con una organización interna muy original para dar cobijo tanto a los labradores como a las bestias con las que trabajaban. Hoy en día, las quinterías, semiabandonadas o ya muchas en estado ruinoso por haber sido superadas por la modernidad y el progreso a lo largo del tiempo al haber perdido a raíz de la mecanización de los medios de transporte su sentido y utilidad original, completan la estampa característica de los viñedos manchegos y de Daimiel y Villarrubia, que en este último caso, mirando hacia el norte,  tal como aparece en estas imágenes, tienen como incomparable telón de fondo a la Sierra de Villarrubia.

 

 

 

El abejaruco común (merops apiaster) es una de las más bonitas y llamativas aves que vienen a criar a Europa durante la primavera y el verano procedentes del continente africano, siendo muy habituales y comunes durante esas fechas por los campos de la Llanura Manchega y proliferando de manera especial en algunos territorios dentro de ésta como la zona de paleodunas o “arenales” de Villarrubia de los Ojos del Guadiana. Esta ave destaca sobre todo por su llamativo plumaje y el tipo de nido que construye. En cuanto a su plumaje, este presenta un colorido sencillamente espectacular, mostrando diversas tonalidades dispuestas a modo de pincelas o incluso brochazos entre los que destacan las azuladas, verdosas, amarillentas y pardorojizas, siendo también muy vistoso el “antifaz” oscuro que recubre sus ojos color rojo vivo sobre una faz amarillenta. En lo que al nido se refiere, éste se trata de un agujero cilíndrico del grosor del cuerpo de esta ave, que, tanto en suelos arenosos o tierra muy suelta, como en taludes también arenosos o de tierra muy desmenuzada, excava hasta la profundidad de un metro o más, que es donde deposita los huevos y habitan las crías hasta su salida del mismo. Estas imágenes se corresponden ya al momento de la cría, cuando la hembra se encuentra en el interior de los túneles empollando los huevos o dando calor a las crías y el macho se dedica a traer el alimento, fundamentalmente insectos de la familia de las abejas y las avispas, por los que tienen una enorme preferencia y en cuya captura están especializados, de ahí en nombre común de esta ave (en un talud terroso muy cerca del municipio de Villarrubia de los Ojos del Guadiana / primavera).

 

 

 

Caída de la tarde y de la noche en una zona de extensos viñedos situado próximo al paraje de “Valdevao”, entre los municipios de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana, y junto a los tablazos secos, áridos y desparecidos del río Guadiana entre los antiguos molinos de La Parrilla y de La Máquina, varios kilómetros aguas arribas al Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia. Es mediados del mes de agosto y buena parte de la Llanura Manchega de la zona de Daimiel y Villarrubia –suave y/o, en algunos casos, marcadamente ondulada por los fenómenos kársticos del subsuelo de la zona- se muestra como un extensísimo verde “mar de viñas”, al encontrarse la vid en pleno proceso de desarrollo con toda su hojarasca o “pámpana” en el culmen de su exhuberancia, y su fruto, la uva, en pleno proceso final de su maduración, de manera que ya queda muy poco para su recolección: la “vendimia”, que tendrá lugar fundamentalmente a partir del mes de septiembre. Como no puede faltar en el paisaje manchego, y es una constante en el de Daimiel y Villarrubia, incluido el paraje que aparece en las imágenes, estos amplios y monótonos viñedos son acompañados por dos elementos intrínsecos e inherentes al paisaje manchego de esta zona, como son las solitarias, viejas, semiabandonadas o ya completamente deshabitadas y ruinosas “quinterías” –viviendas que actuaban como refugios de campo para los antiguos labradores o “gañanes” y hoy en día lo son para aves silvestres como los mochuelos (Athene noctua) que, en el vídeo, en algún caso aparecen encima de algún tejado y chimenea -,  y aisladas encinas arbóreas o pseudoarbóreas, llamadas estas últimas en el lugar “matas” o “chaparros”, así como algún que otro localizado cultivo de olivar. Además, en estas imágenes aparecen otros dos antiguos elementos asociados en este caso directamente a la riqueza generada en torno a los tablazos del río Guadiana que bañaban estos parajes, como son las ruinas por un lado del antiguo Molino o Batán de La Parrilla y, por otro, las de la Motilla de La Máquina, asentamiento este último a modo de fortaleza prehistórica de la Edad del Bronce que, en una época de extrema sequedad, se insertó en mitad de esos tablazos en busca del agua del subsuelo.

 

 

 

La que vemos en estas imágenes –abubilla (upupa epops)- es una de las aves más populares entre los habitantes y gentes de La Mancha, que la conocen en la zona con el nombre local de “cuclillo”, encontrándose muy presente en el campo manchego. Dicha popularidad no se debe precisamente a su pintoresco, colorido y contrastado plumaje, poderosamente vistoso, sino, por el contrario, al mal olor que desprende este pájaro cuando se encuentra en situaciones de peligro, de ahí la expresión propia  y tan arraigada en este ámbito de “hueles peor que un cuclillo”. Esta mala fama en realidad viene de la estrategia defensiva que utilizan los pollos en los nidos donde cría esta ave, fundamentalmente cavidades en viejos árboles, majanos –o lo que es lo mismo, amontonamientos de piedra- o las viejas paredes de casas de campo, como las quinterías. Cuando perciben la presencia de un intruso que irradia peligro, estos se colocan con el trasero hacia adelante y, cuando el posible saqueador de nidos se encuentra ya muy próximo, los pollos disparan con fuerza excrementos hacia él, con tal olor pestilente, que acaban por hacerle desistir, expulsándolo exitosamente. Por lo demás, se trata de un ave fundamentalmente insectívora, por ello está dotada de un alargado, fino y ligeramente curvado pico, con el que, constantemente picoteando el suelo, encuentra e ingiere insectos y larvas que en él se encuentran y habitan. También en la abubilla destaca la cresta emplumada que se yergue sobre su cabeza, que, según la situación o el momento, la puede mostrar recogida o abierta en forma de bonito abanico, adquiriendo en este último caso esta ave un aspecto realmente espectacular, como se puede apreciar en algún momento de estas imágenes. Y, finamente, su cántico y reclamo forma parte de uno de los sonidos más comunes y presentes en el territorio manchego, sobre todo en primavera, teniendo aquí la oportunidad de escucharlo al acompañar a estas imágenes (imágenes obtenidas en las inmediaciones del paraje de “Los Chorreros”, en la zona de paleodunas o “arenales” próximos al municipio de Villarrubia de los Ojos del Guadiana y al Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia / primavera).

 

 

 

Varias tomas distintas en invierno al atardecer y primera caída de la noche de un mismo escenario en el paraje de “La Parrilla”, junto a los antiguos y actualmente secos y estériles tablazos del río Guadiana, en el que aparecen cuatro de los elementos predominantes del paisaje manchego del entorno de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana: el viñedo, la quintería , aisladas encinas arbóreas o pseudoarbóreas –llamadas estas últimas en la zona “matas” o “chaparros”- y los lineales o serpenteantes caminos de tierra, barro y polvo. En invierno los viñedos manchegos –o “plantíos”, como se dice en Villarrubia”, con sus cepas o “parras” –llamadas así también en el acervo popular villarrubiero- plenamente aletargadas, presentan este aspecto, desnudos de sus hojas o “pámpana” y con sus ramas o “sarmientos” recortados o podados casi hasta su base, a la vez que, limpios de todo tipo de “malas hierbas”, esmerada y mimosamente laboreados u “arados” por los labradores. Testimonio mudo de ello son las hoy en día en su mayoría abandonadas o semiabandonadas solitarias quinterías, desperdigadas a lo largo de todo este territorio y antaño refugio durante días, semanas y hasta meses de los antiguos gañanes manchegos durante las gélidas y largas noches invernales. Hoy en día, deshabitadas totalmente por los gañanes, las quinterías abandonadas y en estado de olvido y ruina cuentan con nuevos inquilinos, entre ellos una pequeña rapaz nocturna muy común en estos campos manchegos: el mochuelo (Athene noctua), quien, desde el tejado o la chimenea de uno de estas viviendas rurales, o alguna encima, “mata” o “chaparro”, emite su característico “maullido”, uno de los sonidos más comunes en estos parajes durante los atardeceres y crespúsculos vespertinos y que antiguamente entre los gañanes, mientras pernoctaban en estos refugios de campo, despertaba la creencia de que alguien o algún otro ser extraño y misterioso desde la oscuridad del exterior emitía un tenebroso, espeluznante y amenazante “¡voy, voy, voy…!”, teniéndolos buena parte de la noche desvelados, en guardia y alerta envueltos en un extraño y angustioso miedo a lo de fuera.

 

 

 

Al igual que el diminuto autillo, esta otra pequeña rapaz nocturna –Athene noctua- ocupa multitud de biotopos diversos –masas forestales, montes y sierras, parques y jardines de ciudades, proximidades de pueblos y otros núcleos poblacionales de naturaleza rural…-, encontrándose muy extendida por los campos labor de la Llanura Manchega. Fundamentalmente, a lo largo de este territorio el mochuelo común se alimenta de pequeños roedores y grandes insectos y, dentro de todos los refugios que aquí encuentra, prolifera y cría especialmente en dos construidos por los labradores manchegos: los “majanos” y  las  viejas “quinterías”. Los “majanos”, amontonamientos de piedras que los labradores hacen en sus tierras de labor, tanto de forma irregular como de forma cuidadosa y ordenada, en su afán por apartarlas de los terrenos de labrantío, presentan infinidad de oquedades, que es precisamente lo que utiliza esta rapaz nocturna tanto como de refugio como de anidamiento. Lo mismo que las abandonadas y ruinosas viejas “quinterías” diseminadas por el campo manchego, es decir, las antiguas casas o refugios de campo en las que no hace muchos lustros los labradores manchegos pernoctaban por la noche al no disponer de medios de transporte rápidos con los que en un mismo día ir a trabajar y regresar a los pueblos de donde eran naturales y originarios. Estos viejos edificios, en estado de ruina o semiruina en muchos casos –y por tanto llenos también de huecos, grietas…- y ya sin la presencia humana, también constituyen actualmente uno de los principales refugios manchegos para el mochuelo común. Por todo ello, en ambos casos, mientras recorremos la Llanura Manchega, es frecuente ver la típica y característica silueta del mochuelo posada, incluso de día, en lo alto de un “majano” o en el tejado o chimenea de una “quintería”, caso de las escenas que aquí aparecen, las dos primeras en lo alto de unos “majanos” y última en el tejado de una “quintería” restaurada. Las imágenes son acompañadas por el característico canto del mochuelo común, una especie de maullido que a la vez se erige como uno de los sonidos más habituales en los campos y cultivos manchegos, sobre todo durante los atardeceres, crepúsculos vespertinos y noches cerradas (en varios puntos de la Llanura Manchega cercanos al municipio de Villarrubia de los Ojos del Guadiana / verano).

 

 

 

Grandes bandos y concentraciones de grullas comunes (Grus grus), en vuelo y en tierra -reposando y alimentándose en este último caso- en la Dehesa de Casablanca-Zacatena, en plena Llanura Manchega y anexa al Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana. Cada año vienen a invernar a este humedal varios miles de grullas, que -por la escasa profundidad general de las aguas que presenta y la considerable longitud de las patas de estas grandísimas aves zancudas- lo utilizan en las horas nocturnas como “dormidero” para estar a salvo de posibles depredadores terrestres. Sin embargo, durante el día, la mayor parte de las grullas comunes salen de esas zonas encharcadas y, en grandes grupos de hasta varios centenares, deambulan de un lado a otro por las zonas anexas de Llanura Manchega en busca de “comederos”, fundamentalmente zonas de siembras y de encinares y dehesas. Y precisamente, la gran Dehesa de Casablanca y Zacatena, la más grande y extensa de la comarca y demás colindantes, se erige como una de las principales despensas de alimento de las grullas que vienen a invernar a las Tablas de Daimiel y Villarrubia. Aquí encuentran, en cantidad, todo tipo de alimento, principalmente bellotas, semillas y granos de las siembras diseminadas y repartidas por el interior del gran encinar y animalitos como ratones, lagartijas, sapos o grandes insectos que, sobre todo con el frío invernal, se refugian o se aletargan muy someramente bajo la capa más superficial del suelo. Luego, al acercarse la noche, los numerosísimos grandes bandos de grullas que durante el día transitan por la Llanura Manchega más inmediata de un lado a otro en busca de alimento regresan de nuevo a las zonas encharcadas del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, para, una noche más, descansar y dormitar antes de iniciar al despuntar el día una nueva jornada en busca de alimento fundamentalmente por las siembras y encinares de la zona. En las imágenes, además de disfrutar de la espectacularidad, tanto sonora como visual, de los grandes bandos de grullas volando y en el suelo –que se asemejan, en este último caso, desde lejos, a ganados ovinos pastando-, gozamos de algunas panorámicas de la Dehesa de Casablanca-Zacatena, muy reducida respecto a su extensión original pero, aun así, actualmente –dotada de decenas y decenas de majestuosas y vetustas encinas centenarias, como las que aquí aparecen- la más extensa y amplia de la comarca y de gran importancia histórica y económica durante siglos, al ser, entre otros muchos, zona de pastos para los ganados trashumantes venidos desde muchos puntos de la geografía peninsular y otras destacadas ganaderías como la caballar de la Orden Militar de Calatrava o poseer una muy importante riqueza cinegética, por lo cual, ya en su día, en la segunda mitad del siglo XVI y como quedó reflejado en las Relaciones Topográficas de 1575, el todopoderoso emperador Felipe II mandó y ordenó “cuidarla muy bien” (noviembre).

 

 

 

Recorrido panorámico del interior y corazón de la Sierra de Villarrubia, en los Montes de Toledo más orientales, desde las inmediaciones del paraje de Jalúa siguiendo la vía pecuaria Colada de Los Santos. Un denso y tupido manto vegetal pseudoarbóreo, arbustivo y pseudoarbustivo, propio del conocido como “bosque o monte mediterráneo” -tan excelentemente aquí representado y conservado- y formado principalmente por encinas, carrascas, alcornoques, quejigos y robles, así como madroños, cornicabras, piruétanos, acebuches, lentiscos, labiérnagos, madreselvas, espinos, brezos, jaras y romeros, recubre espesamente los irregulares y angostos relieves de estos parajes serranos, que en época primaveral –momento en el que tiene lugar esta filmación- además presentan una floración multicolor y multiaromática protagonizada entre otras muchas por las blancas flores de las jaras pringosas y sus cinco “yagas”, los morados cantuesos con sus llamativos dos penachos, las amarillentas y espinosas aulagas o los alargados y estilizados gamones.

 

 

 

Pese a que durante no todo el año suelen llevar agua, ni siquiera todos los años lo hacen, la infinidad de incontables y multitudinarios riachuelos y arroyos que surcan lo largo y ancho de los Montes de Toledo, así como, dentro de estos, en su sector más oriental, la Sierra de Villarrubia, se erige como uno de los elementos paisajísticos más destacados, sobresalientes y llamativos de estos parajes serranos, en los que, al imperar una climatología de marcado carácter mediterráneo, con escasas precipitaciones anuales que se anulan casi por completo durante el estiaje veraniego, predomina, pese a su frondosa vegetación de bosque mediterráneo, un ambiente reseco que sólo es contrarrestado, además de por las brumas y nieblas invernales, por estos pequeños cursos fluviales, que, cuando por ellos corre agua, además de introducir una sustancial variación paisajística respecto a la constante monotonía de monte envolvente, insuflan algo más que frescor. Insuflan también otro tipo de vida asociado a la presencia del líquido elemento y la humedad que de él se desprende, así como una sonora pero a la vez dulce melodía que emana de la circulación y trasiego de sus aguas en constante movimiento y descenso que, junto al cántico y sonidos muchos tipos de aves y otros seres animados, rompe el silencio y vacío sonoro imperante en estos parajes por muchos momentos aparentemente inhabitados, pese a albergar todo un universo de vida y biodiversidad. En definitiva, recorrer los parajes serranos de los Montes de Toledo y la Sierra de Villarrubia cubiertos de bosque y monte mediterráneo y coronados en muchas de sus cimas por imponentes crestas y peñascos cuarcíticos y repletos de todo tipo de vida es toda una delicia para los cinco sentidos, delicia que alcanza su culmen cuando además, si se ha dado algún otoño, invierno o primavera mínimamente lluviosos, corren esos arroyos tiñendo a estos parajes de una alegría especial que temporalmente calma su sed y la de los multitudinarios habitantes que en ellos se hospedan (en el interior de la Sierra de Villarrubia de los Ojos del Guadiana).

 

 

 

Águila real (Aquila chrysaetos) en vuelo sobre el paraje de Las Bañaderas, en el corazón de la Sierra de Villarrubia recorriendo la vía pecuaria Colada de Los Santos. Varias parejas de águila real residen y crían en estas sierras, donde se dejan ver habitualmente (mes de marzo).

 

 

 

Curruca cabecinebra (Silvia melanocephala) posada y cantando sobre unas jaras. Éste es uno de los pájaros más comunes en los Montes de Toledo y la Sierra de Villarrubia de los Ojos, destacando su cabeza oscura y, en contraste con ella, el ojo de color rojo (Sendilla Santuario Virgen de la Sierra-Fuente del Membrillo, en la Sierra de Villarrubia / mayo).

 

 

 

Gran grupo de buitres leonados (Gyps fulvus) sobrevolando los espectaculares riscos conocidos en su conjunto como Colmillo del Diablo, en el límite norte de la Sierra de Villarrubia. El buitre leonado, así como el escaso buitre negro, es bastante habitual en esta zona de los Montes de Toledo, donde no crían, pero sí acuden masivamente en busca de alimento desde su zona nuclear de reproducción, fundamentalmente el no tan lejano Parque Nacional de Cabañeros (otoño).

 

 

 

El Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos desde su balcón natural, la Sierra de Villarrubia. Toma realizada desde la conocida como “Sendilla de La Virgen”, camino que discurre por la falda sur de la sierra villarrubiera más occidental y que conecta este municipio manchego con el santuario serrano de la Virgen de la Sierra, patrona del mismo. Envolviendo al humedal y su entorno más inmediato se aprecian la raña adehesada asociada a la vertiente sur de esta zona de los Montes de Toledo, la extensa Llanura Manchega y su “mar de viñas” –desnudas de su verde “pámpana” al ser temporada invernal-, surcado por centenares de quinterías y entre el que se intercalan olivares y terrenos para siembras, parte de la gran Dehesa de Casablanca y Zacatena anexa a sus zonas encharcadas en su franja más norocciental y, al fondo, la serranía del Campo de Calatrava.

 

 

 

Las imágenes muestran el “Paraíso de Contrastes” formado por el conjunto paisajístico y natural de los parajes y el entorno más inmediato de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana, un lugar La Mancha entre llanura, sierra y tablas, en el que estos tres espacios naturales de enorme valor y singularidad paisajística y ecológica fuertemente contrastados entre sí convergen y se entrelazan armoniosamente en este punto dando lugar a uno de los escenarios de mayor belleza, contraste y biodiversidad de la Península Ibérica. La potente horizontalidad de la gran Llanura Manchega y los tablazos que en ella se forman dando lugar a las Tablas de Daimiel y Villarrubia terminan aquí por toparse bruscamente con los irregulares, accidentados y, por momentos, agrestes y escarpados relieves de las sierras de los Montes de Toledo más orientales, y en especial con los de la Sierra de Villarrubia, el sector de los mismos más próximo a este escenario, a la vez que el paisaje de encharcamientos y aguazales propios de este humedal que irradian frescura y vida choca fuertemente con la más que patente sensación de sequedad e incluso aridez que se percibe, sobre todo en los meses de más calor, tanto en las resecas sierras como, sobre todo, en la Llanura Manchega. A su vez, la formidable y variada masa de vegetación totalmente asilvestrada y prácticamente virgen generada tanto por este humedal como en esas sierras contrasta poderosamente con la, también en apariencia, empobrecida y estéril vegetación de la Llanura Manchega, en otros muchos casos fuertemente antropizada y cultivada. Unos y otros espacios naturales, llanura, sierra y tablas, generan individualmente unas formas de vida propias y adaptadas a sus propios condicionantes que en este punto terminan por fusionarse dando lugar a todo un mosaico de vida y biodiversidad asombrosamente interconectado.
En las imágenes aparecen en primer plano los extensos encharcamientos y tablazos centrales del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia y sus importantes bancales de vegetación palustre formados sobre todo por carrizos, aneas y masiegas. De fondo, la fachada sur de la vertiente más occidental de la Sierra de Villarrubia, en la que destacan como mayores y más vistosas y espectaculares alturas la cima de “El Alamillo” –parte central de las imágenes-, el “Peñón del Moro” hacia la derecha de éste, “Manciporras” todavía más al este de aquel, y los morrones de “Los Castellones”, en este último caso dirigiendo la mirada a la izquierda de “El Alamillo”. Por debajo de esas alturas y demás cimas, a media ladera se sitúan vistosas y llamativas predrizas y, en su falda, una importante y muy valiosa franja de raña adehesada ocupada por momentos por cultivos de olivar. Y como nexo de unión entre el humedal y la sierra, en estas imágenes aparece una porción de la franja de la Llanura Manchega más occidental más próxima a este punto, en la que se sitúa el municipio de Villarrubia de los Ojos del Guadiana, que aparece en las imágenes situándose caprichosa y privilegiadamente a caballo entre esos tres espacios en mitad de este prodigioso y maravilloso “Paraíso de Contrastes” del que trata de ser testigo este documento audiovisual.

 

 

 

Así se desarrolla un gélido y anieblado amanecer y sus momentos previos en un gran y masivo dormidero de grullas comunes (Grus grus) en pleno invierno en el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana. Poco a poco, a medida que va comenzando a clarear, los cientos y cientos de grullas que protagonizan estas imágenes –junto a algunos ánsares (Anser anser) y cercetas comunes (Anas crecca), entre otros-, tras una larga noche de parcial quietud y silencio, van desperezándose y activándose, entonando su característico y potente “trompeteo”, para, paulatinamente, comenzar a levantar el vuelo disgregándose en bandadas de menor o mayor tamaño y así iniciar una nueva jornada en busca de alimento por la cercana Dehesa de Casablanca-Zacatena y las siembras y otros comederos situados en campo abierto y diseminados por el entorno más inmediato de este humedal. Finalmente, con la caída de la tarde, los distintos bandos de grullas regresarán al gran dormidero encharcado para, una vez más, pasar una nueva noche invernal a salvo de posibles depredadores, como zorros, gatos monteses o ginetas (desde el observatorio Torre de Prado Ancho del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia).

 

 

 

Hembra de escribano palustre (Emberiza schoeniclus) alimentándose de las semillas de la flor o “plumero” del carrizo. Este pajarillo es una más de las numerosas especies de paseriformes –o pequeñas aves- que son propias de las zonas palustres, tratándose de una de las joyas ornitológicas del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, pues está en situación de preocupante amenaza de extinción a nivel europeo, encontrando en este espacio protegido uno de sus últimos grandes refugios (desde uno de los observatorios del Itinerario de la Torre de Prado Ancho del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia / diciembre).

 

 

 

El jabalí (Sus scrofa) es el mamífero de mayor tamaño que habita en el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana. Este suido salvaje es un auténtico todoterreno y puede habitar y transitar todo tipo de medios, incluidas zonas con gran nivel y extensión de encharcamiento como este Parque Nacional, ya que es un excelente nadador. Además, en este espacio natural el jabalí encuentra un hábitat ideal, no sólo por la ausencia de caza, al tratarse de un espacio protegido, sino también por disponer de gran cantidad y variedad de alimento, desde raíces y tubérculos vegetales, hasta profanar nidos de aves acuáticas y de otros animales como ratones, además de echarse a la boca otros animalitos que encuentra en el suelo o bajo éste como lombrices o sapos, e incluso ingiere carroña. Por otro lado, a las zonas encharcadas o aledañas al Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, a parte de los que aquí residen permanentemente, también acuden jabalíes procedentes de la cercana Sierra de Villarrubia, que desde allí, donde también son muy numerosos, se desplazan a esta zona encharcada precisamente para abastecerse ese agua y alimento tan abundantes en este humedal manchego. En las imágenes observamos a un jabalí atravesando tranquilamente y con suma facilidad a pie una zona encharcada de poca profundidad, lo que muestra y confirma la gran adaptabilidad de esta especie a todo tipo de medios (desde uno de los observatorios del Itinerario de la Torre de Prado Ancho / comienzos de otoño).

 

 

 

Numeroso grupo de flamencos (Phoenicopterus ruber) alimentándose en las aguas del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia. El flamenco es una especie habitual en algunas de las lagunas salinas que forman parte de La Mancha Húmeda (lagunas de Alcázar de San JuanPedro MuñozCampo de CriptanaVillacañas…), pues tienen preferencia por este tipo de aguas. Sin embargo, no lo es tanto en las Tablas de Daimiel y Villarrubia, aunque no obstante aquí acude de forma esporádica, normalmente en solitario o en pequeños grupos, aunque, en ocasiones, lo hace de forma masiva, sobre todo a finales de verano, coincidiendo con los pasos migratorios, cuando pueden verse reunidos algunos cientos de ejemplares, caso del momento de la grabación que nos ocupa (desde la Isla del Descanso del Itinerario de la Isla del Pan del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia / julio).

 

 

 

Aunque el protagonista de estas secuencias –pájaro moscón (Remiz pendulinus)- es uno de los pajaritos más comunes y presentes en buena parte de los humedales manchegos y las Tablas de Daimiel y Villarrubia, para el gran público inexperto es un auténtico desconocido –a la vez que uno de los paseriformes que más fascinan a los aficionados y experimentados ornitólogos-, y eso que, aunque no se deja ver fácilmente, inunda estos espacios con su peculiar cántico, una especie de tono o melodía “lastimera”, como la que se puede escuchar a lo lardo del vídeo. Lo más llamativo de este pájaro es, más que su bonito colorido –en el que sobresale sobre todo la oscura franja a modo de “antifaz” que cubre la línea de los ojos sobre una cabeza color gris-, el curiosísimo nido que construye: una especie de bolsa o cesto elaborado entretejiendo finas fibras vegetales que encuentra sobre todo en la pelusa de la flor de los carrizos y las aneas y que cuelga por la parte superior en una rama sobre el agua de un arbusto grande o árbol, en el caso de esta zona, sobre todo en los tarayes de las riberas de las zonas encharcadas. Este nido es completado con una entrada en forma de tubo y resulta todo una delicia ver a este pajarito construirlo, para lo cual requiere horas y horas de delicada y entretenida dedicación, enhebrando, tanto por fuera como por dentro del nido, una tras otra las pequeñas fibras que vegetales que va recolectando de las plantas del entorno ya mencionadas, tarea a la que se dedican tanto macho como hembra, uno acaparando y aportando esa materia prima y el otro entretejiéndola dando poco a poco cuerpo y forma al nido. Estas imágenes, captadas en primavera en la vega villarrubiera del río Gigüela, donde es muy prolífico, ya en las inmediaciones del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, son un testimonio de algunas de las fases del proceso de construcción del pájaro moscón.

 

 

 

Vídeo de una pareja del siempre esquivo y oculto calamón (Porphyrio porphyrio). De ahí la calidad de las imágenes, pero esta es casi la única manera de observar, de las poquísimas veces que se deja ver, a esta singular especie tan presente como inadvertida para el visitante en el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia. De manera que esta grabación, a pesar de lo entorpecida que resulta por la pantalla de vegetación que se antepone, la podemos considerar como un documento audiovisual de gran valor. Observar su peculiar forma de alimentarse, agarrando el tallo vegetal del que se alimenta con uno de sus pies, como hacemos los humanos con las manos. Por otro lado, el calamón es popularmente conocido como el “gallo azul”, destacando su plumaje por su intenso brillo azulado cuando la luz solar se refleja de lleno en él, aunque ése no es el caso de este vídeo, captado ya bien caída la tarde (desde uno de los observatorios faunísticos del Itinerario Torre de Prado Ancho del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, en septiembre).

 

 

 

Éste y el galápago leproso son las dos tortugas de agua dulce que viven en las aguas de los humedales manchegos y de las Tablas de Daimiel y Villarrubia. El galápago común -o europeo- (Emys orbicularis) es fácil de distinguir sobre todo por las pintas amarillentas que presenta tanto en su caparazón como a lo largo de toda su piel oscura, a diferencia del galápago leproso, cuyo caparazón y piel presentan una coloración verdeoscura uniforme. Tanto uno como otro se alimentan de insectos y pequeños animalitos que capturan en el agua, así como de carroña, como es el caso de estas imágenes, en las que vemos a un ejemplar de galápago común alimentándose debajo del agua del cadáver de una carpa. Si nos fijamos con detalle en estas imágenes -a pesar de la turbidez del agua-, observaremos cómo la tortuga que aparece en el vídeo sujeta su alimento con sus largas y afiladas garras para darle decididos bocados con su boca terminada en pico. Hay que tener presente que en los últimos tiempos los dos galápagos autóctonos –o sea, el común y el leproso- están sufriendo una muy seria amenaza con un consecuente importante retroceso por la introducción en sus hábitats de un galápago procedente de Norteamérica, el galápago de Florida, tanto en la variedad orejas rojas como en la variedad orejas amarillas, que adquiridos como tortuguitas por la ciudadanía en las tiendas de animales a modo de mascota terminan muy ocasionalmente por ser arrojados por sus dueños a los ríos y humedales del entorno, adquiriendo con el tiempo un tamaño realmente considerable y ocasionando inconscientemente un daño tremendo al equilibrio de los ecosistemas locales, siendo una de sus principales víctimas nuestros galápagos autóctonos, cada vez más escasos en detrimento de aquellos (Itinerario Torre de Prado Ancho del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana / primavera).

 

 

 

Aunque llegue a ser relativamente abundante o frecuente, como está ocurriendo en los últimos tiempos de bonanza hídrica del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, el martín pescador (Alcedo atthis) puede ser un ave realmente difícil de ver, sobre todo si está en vuelo, debido a la fulgurante velocidad con la que vuela y puede cruzar delante de nuestros ojos. En cambio, si está posado, sí que resulta fácil de advertir su presencia, pues el llamativo y brillante color azul metálico de su plumaje, especialmente en de su dorso, en contraposición con su anaranjada zona pectoral y vientre, lo delatan rápidamente, ya que como se observa en las imágenes, no ofrece ningún tipo de camuflaje respecto al entorno y el paisaje circundante, manifestándose muy al contrario de manera muy contrastada. Por tanto, esta ave o parajito tan peculiar lo vemos habitualmente bien el vuelo, aunque de forma muy fugaz debido a su gran velocidad, bien posado largo rato, como en estas imágenes. Este segundo caso forma parte de la estrategia alimenticia del martín pescador, que parado con sus cortas y pequeñitas patas sobre un posadero estratégico sobre el agua, como una rama o un poste, aguarda a detectar bajo él la presencia de un pececito que nada más o menos superficialmente, para, cuando llega el momento oportuno, lanzarse en picado como un obús a su presa, bajo el agua capturarlo con su largo y fuerte pico, seguidamente salir fuera y ya en el mismo posadero engullirlo (primero, desde las pasarelas de visita del Itinerario de la Isla del Pan del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, y, después, en el paraje de Patagallina, en el extremo este del mismo Parque Nacional a muy pocos kilómetros del municipio villarrubiero/ verano).

 

 

 

Otra de las especies pertenecientes a la gran familia de las limícolas y también muy presente en el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia: la agachadiza común (gallinago gallinago). En ésta destaca su plumaje altamente diseñado para el camuflaje, que la hace muy invisible tanto para el observador inexperto como para al experto, y lo singular de su pico, que destaca por su gran longitud y su forma marcadamente rectilínea. Precisamente, la morfología de dicho pico le permite obtener su alimento (todo tipo de animalitos que viven en el barro, como crustáceos, moluscos e insectos) de manera especializada, sustrayéndolo del fango, tanto del superficial como del que yace bajo una delgada lámina de agua, como en este caso (desde las pasarelas del Itinerario de la Isla del Pan del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia / finales de verano).

 

 

 

Varias cercetas comunes (Anas crecca) machos y alguna hembra sobre las aguas del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia. La cerceta común es una anátida de pequeño tamaño invernante en los humedales manchegos y en las Tablas de Daimiel. Como tal, acude a estas latitudes durante la estación invernal huyendo del frío y la falta de alimento de su lugar de origen, diversas regiones del centro, este y norte de Europa. Cuando comienza a llegar el buen tiempo en dichos territorios, a finales de invierno y principios de primavera, este pequeño pato vuelve a su lugar de origen, donde criará para posteriormente repetir el ciclo y venir de nuevo aquí sólo como invernante. Por otro lado, la cerceta común macho llama la atención por presentar un plumaje bastante llamativo y pintoresco. En dicho plumaje destaca el bonito antifaz verde en claro contraste con su cabeza pardo-rojiza, que además está adornada con una finas bandas blancas, la mancha trasera amarillenta y el espejuelo también verde situado en la cara exterior de cada una de sus alas. En cambio, las hembras, como suele ocurrir en la mayoría de las anátidas, presentan un plumaje bastante más discreto y apagado (desde las pasarelas de visita del Itinerario de la Isla del Pan del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia / diciembre).

 

 

 

Conocido popularmente en la zona como “troncha-astiles” como parodia respecto a su insignificante peso –tan sólo unos pocos gramos- y su costumbre de posarse siempre en lo alto de algún arbusto, tallo de una planta, palo vertical o algo semejante, la tarabilla común (Saxicola torquata) es un pajarito que se asocia a los humedales, pues, sobre todo, su medio predilecto, al igual que el diminuto buitrón, se encuentra en las inmediaciones de los mismos, que es donde encuentra su alimento y zona de cría. Además, es fácil de identificar en el campo no sólo por estar, siempre que está en reposo, frecuentemente posada en lo alto de algún palo, rama o arbusto, sino también por el inconfundible colorido de su plumaje, especialmente marcado y contrastado en los machos, con el pecho anaranjado, la cabeza y el dorso oscuros o negruzcos y un elegante collarín blanco en el cuello. Por otro lado, la tarabilla común es básicamente insectívora, tal como queda demostrado en una de las escenas de este vídeo, donde vemos a un macho cazando insectos desde la rama de un taray (grabaciones realizadas en varios puntos de las zonas de uso público del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos / primavera y verano).

 

 

 

Escena protagonizada por una pareja de nutrias (Lutra lutra) en el río Gigüela a su entrada al Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia en un paraje cercano a Villarrubia de los Ojos. Entre otros muchísimos aspectos, este Parque Nacional es importante porque es uno de los pocos refugios de la Península Ibérica en los que este mamífero en regresión, cuyo modo de vida está totalmente ligado al agua, todavía tiene presencia. En los años y décadas anteriores al último ciclo húmedo iniciado en 2010 en los que este humedal ha permanecido casi invariablemente seco, la población de nutria comarcal, que aquí tenía su refugio histórico y potencial, ha sobrevivido al haber encontrado otros hábitats alternativos, como diversos embalses cercanos. Con la recuperación hídrica del Parque Nacional desde el año 2010 buena parte de las distintas poblaciones de nutrias que divagaban por la comarca han vuelto a su lugar de origen, volviendo a contar este humedal con una población importante de esta especie (agosto).

 

 

 

Típica y característica agrupación o “junta” de aves de finales de verano en el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana, protagonizada fundamentalmente por garcetas comunes (Egretta garzetta), moritos (Plegadis falcinellus), cigüeñuelas (Himantopus himantopus) y gaviotas reidoras (Larus ridibundus). En esas fechas los extensos tablazos del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana se reducen en muchas zonas a reducidas y muy poco profundas charcas tras unos meses de altísimas temperaturas y prácticamente nulas precipitaciones y en ellas se concentran millares de aves en pleno proceso migración. Es la época en la que inician su regreso las aves que desde diversos puntos del continente africano marcharon a finales de invierno y principios de primavera al continente europeo para efectuar la etapa de la cría y la reproducción, tras la cual, y adelantándose a la llegada del frío otoño y gélido invierno -fechas en las cuales escasean notablemente los alimentos- marchan de nuevo a África hasta el advenimiento de una nueva primavera. En ese largo recorrido de migración que va desde latitudes del centro, este y norte, además del sur, de Europa, hasta latitudes africanas en muchos casos subsaharianas, los humedales manchegos y muy particularmente el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana juegan un papel primordial, al erigirse como un punto intermedio y caprichosamente estratégico en ese largo y duro recorrido, para el descanso y el repostaje de las miles y miles de aves, sobre todo las ligadas al medio acuático, que protagonizan este épico viaje. Y precisamente, en esas pequeñas charchas en que quedan reducidas los extensos encharcamientos de invierno y primavera de este humedal es donde se aglomeran a modo de paréntesis, durante varios días e incluso algunas semanas, esas aves en plena migración, ya que en ellas se concentra el necesario alimento con que reponer fuerzas para así continuar con éxito el duro viaje aún por cubrir, que en muchos casos supone atravesar obstáculos tan dificultosos como el Estrecho de Gibraltar o el Desierto del Sáhara (desde la Isla del Descanso del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia / últimos de agosto).

 

 

 

Es finales de verano, los extensos tablazos del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana se reducen en muchas zonas a reducidas y muy poco profundas charcas tras unos meses de altísimas temperaturas y prácticamente nulas precipitaciones y en ellas se concentran millares de aves en pleno proceso migración. Es la época en la que inician su regreso las aves que desde diversos puntos del continente africano marcharon a finales de invierno y principios de primavera al continente europeo para efectuar la etapa de la cría y la reproducción, tras la cual, y adelantándose a la llegada del frío otoño y gélido invierno -fechas en las cuales escasean notablemente los alimentos- marchan de nuevo a África hasta el advenimiento de una nueva primavera. En ese largo recorrido de migración que va desde latitudes del centro, este y norte, además del sur, de Europa, hasta latitudes africanas en muchos casos subsaharianas, los humedales manchegos y muy particularmente el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana juegan un papel primordial, al erigirse como un punto intermedio y caprichosamente estratégico en ese largo y duro recorrido, para el descanso y el repostaje de las miles y miles de aves, sobre todo las ligadas al medio acuático, que protagonizan este épico viaje. Y precisamente, en esas pequeñas charchas en que quedan reducidas los extensos encharcamientos de invierno y primavera de este humedal es donde se aglomeran a modo de paréntesis, durante varios días e incluso algunas semanas, esas aves en plena migración, ya que en ellas se concentra el necesario alimento con que reponer fuerzas para así continuar con éxito el duro viaje aún por cubrir, que en muchos casos supone atravesar obstáculos tan dificultosos como el Estrecho de Gibraltar o el Desierto del Sáhara. Estas imágenes corresponden al momento en que, mientras observamos camuflados inadvertida y sigilosamente a una de estas enormes concentraciones o “junta” de aves tras una pantalla de vegetación palustre, algún gran depredador, posiblemente algún zorro o jabalí, hace levantarla en desbandada por completo, lo cual supone un auténtico espectáculo visual. Así, cientos y cientos de aves con destino final a África y que en estos momentos se concentraban en un pequeño encharcamiento lleno de diverso tipo de alimento, tanto animal como vegetal –peces, cangrejos, anfibios como ranas, insectos acuáticos y sus larvas, algas u “ovas”…- son los que protagonizan esta secuencia, tratándose sobre todo en este caso fundamentalmente de más de un centenar de cigüeñas blancas (Ciconica ciconia) –y entre ellas, alguna cigüeña negra (Ciconia nigra)-, decenas y decenas de garcetas comunes (Egretta garzetta), alguna garza real e imperial (Ardea cinerea y Ardea purpurea), varias espátulas (Platalea leucorodia), así como algún morito (Plegadis falcinellus) o bastantes gaviotas reidoras (Larus ridibundus), entre otras muchas (en las inmediaciones del Cerro de Entranbasaguas, en el extremo este del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia y muy próximo a este segundo municipio).

 

 

 

VILLARRUBIA DE LOS OJOS DEL GUADIANA: “EN UN LUGAR DE LA MANCHA… ENTRE LLANURA, SIERRA Y TABLAS”.   Estas imágenes atestiguan el enclavamiento del pueblo y municipio manchego y ciudarrealeño de Villarrubia de los Ojos del Guadiana, único y privilegiado como ningún otro: entre llanura, sierra y tablas; o lo que es lo mismo: sobre la universal y quijotesca Llanura Manchega, al pie de los Montes de Toledo y  junto al Parque Nacional de las Tablas de Daimiel yVillarrubia, además de los legendarios y míticos Ojos del Guadiana, que le prestan su apellido. Perspectiva panorámica en verano del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos del Guadiana, de la Llanura Manchega más occidental –en la que destacan sus extensos y verdosos viñedos- y de la Sierra de Villarrubia en los Montes de Toledo más orientales, además de este municipio ya doblemente mentado, desde la Cabezuela de Renales, pequeño pero, por sus vistas, privilegiado promontorio de la fachada sur de la serranía villarrubiera al que se accede atravesando la “Sendilla de La Virgen”, que discurre por la ladera de esa fachada sur de estas sierras.

 

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