UN MAR DE VIÑAS CON ISLAS HÚMEDAS Y ARRECIFES ARENOSOS Y ADEHESADOS, SURCADO POR QUINTERÍAS Y RECORRIDO POR OVEJAS MERINAS Y TOROS BRAVOS

La porción de Llanura Manchega que comparten los términos de Villarrubia de los Ojos y Daimiel, así como la de los pueblos y comarcas más próximos –Arenas de San Juan, Las Labores de San Juan, Villarta de San Juan, Torralba de Calatrava, Carrión de Calatrava, Bolaños de Calatrava, Almagro, Fuente el Fresno, Malagón, Fernán Caballero, Manzanares y, ya más distante, Valdepeñas- se sitúa en su extremo más occidental y presenta una serie de peculiaridades paisajísticas, ecológicas e incluso etnoculturales que hacen de ella, aun compartiendo su esencia, un territorio con personalidad y carácter propios respecto al resto de la región manchega.

Una llanura con ojos y tablas y muy bien custodiada

24Situada en su extremo oeste, esta zona de la Llanura Manchega se caracteriza porque se va estrechando progresivamente al delimitar directamente con otras regiones geográficas que la terminan envolviendo por entero. Así, los Montes de Toledo la cierran bruscamente al norte, noroeste y oeste, y lo mismo hace, aunque más sinuosamente, la cadena de elevaciones y serranías interconectadas de Alhambra, Valdepeñas y del Campo de Calatrava, en este caso, hacia el sur y suroeste. Y ya algo más alejada, ahora por su costado sur-sureste, la altiplanicie del Campo de Montiel también termina topando y delimitando esta parte más occidental de la Llanura Manchega, marcando claramente otra diferenciación territorial. Todas estas regiones limítrofes, envolventes y tan cercanas hacen que, desde esta Llanura Manchega más occidental, la sensación de interminable horizontalidad que se percibe en su área más central sea aquí mucho más atenuada, permitiendo una recreación del paisaje envolvente más distraída y entretenida.

Por otro lado, dentro de esta Llanura Manchega más occidental, y más concretamente en la llanura que comparten los municipios de Villarrubia y Daimiel, se encuentran las que son, junto a las Lagunas de Ruidera en el Campo de Montiel, las dos zonas húmedas más emblemáticas de La Mancha Húmeda: los Ojos del Guadiana y las Tablas de37 Daimiel y Villarrubia. Su existencia en esta zona no es casualidad, sino que viene dada porque precisamente este es el área de la Llanura Manchega donde mayor incidencia han tenido los fenómenos kársticos propios de los terrenos calizos.

La Llanura Manchega más occidental es en buena parte toda ella un enorme bloque o masa de roca caliza y, como tal, ésta se ve sujeta a un característico y acusado tipo de erosión y desgaste, el karsticismo, que, por mediación de la acción erosiva de las corrientes de agua interna, va desgastando y deshaciendo las capas más blandas y menos duras, originando galerías y oquedades internas que terminan produciendo colapsos y hundimientos conocidos como dolinas, y cuando se producen concentraciones de varias de éstas en muy poco espacio, da lugar a hundimientos aún de mayores dimensiones denominados en este caso como uvalas.

Tanto las dolinas como las uvalas, cuya orogenia tiene lugar por tanto en las capas del subsuelo, se visualizan en el exterior a modo de oquedades y depresiones en el terreno y ésta va a ser una estampa muy característica en la 36llanura villarrubiera y daimieleña, en especial en la franja que, compartida por ambas, sigue el curso del río Guadiana desde su nacimiento en Los Ojos hasta su llegada al Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia. Porque, precisamente, estos humedales se forman en buena parte al asomar y aflorar en el terreno más deprimido del territorio, que es éste dominado por una importante serie de dolinas y uvalas, el nivel freático y las corrientes de agua del gran acuífero de agua que a su vez contiene la gran masa de roca caliza sobre la que se asienta esta parte de la Llanura Manchega. Es decir, esos humedales tienen presencia aquí porque se trata de una zona del terreno especialmente rebajada en muchos de sus puntos debido a un muy marcado y acusado karsticismo local, lo suficiente para dejar asomar o escapar en algunos de ellos la lámina más superficial de la gran masa agua acumulada en el subsuelo de la zona conocida en su conjunto como Acuífero de la Llanura Manchega Occidental.

Así, por esa razón se dan en esta zona de la Llanura Manchega manantiales y nacimientos de agua, así como zonas encharcadas, caso de los Ojos del Guadiana, también los ojos de la Vega de Villarrubia, las Tablas de Daimiel y35 Villarrubia o el conjunto lagunar que envuelve al municipio de Daimiel y está formado por las lagunas de Navaseca, La Nava, La Albuera o El Escoplillo. Otras muchas depresiones de la zona no presentan ningún tipo de nacimiento ni lámina de agua superficial, pero unas y otras, las encharcadas y las no encharcadas, hacen que en esta zona de la Llanura Manchega más occidental su típica casi perfecta horizontalidad quede aquí ligera e, incluso en algunos casos, notablemente deformada a partir de ese conjunto de depresiones de origen kárstico.

Territorio gañán: quinterías, silos, chozos, corralas, majanos y vides, vides y más vides

Por otro lado, la llanura villarrubiera y daimieleña, junto a la de las comarcas más próximas, va a constituir una de la zonas de mayor viñedo de la Llanura Manchega. En poco menos de siglo y medio toda esta área pasó de ser un territorio en el que predominaban los cultivos de cereal e importantes zonas adehesadas, a convertirse y transformarse, a partir de mediados de la segunda mitad del siglo XIX, en lo que es hoy, todo un auténtico “mar de viñas”.

34

Hasta entonces, la vid, aunque presente, era un cultivo secundario y casi marginal en la zona, pero el ataque de filoxera en Francia y los otros grandes productores europeos durante esa segunda mitad del siglo XIX brindó la gran oportunidad a la región manchega, que, aprovechando una coyuntura inmejorablemente favorable, apostó por hacer de esta región la nueva bodega de Europa y del mundo en sustitución de aquellas, hecho que, con el paso de las décadas sucesivas, consumó con relativo éxito hasta llegar a día de hoy. Ese éxito radicaría en buena medida en los, como en pocos sitios, idóneos condicionantes geoclimáticos que la vid encontraría en este territorio, así como en la naturaleza y proceso vital de esta planta. Así, su aletargamiento durante la estación fría le permitiría sobrevivir aquí a los muy gélidos inviernos manchegos, de la misma manera que el disponer de mucha humedad muy cerca de la superficie del suelo por la existencia del entonces saturado Acuífero de la Llanura Manchega Occidental le permitiría en este otro caso, gracias a la notable profundidad que alcanzan sus raíces en busca de ella, aguantar los tórridos veranos, que es la otra estación acuciante para su supervivencia y además es cuando el fruto está en proceso de maduración y precisa igualmente de esa humedad. Finalmente, esa climatología tan extrema y contrastada frenaría en esta zona la expansión de la plaga de la filoxera. Todo un cóctel donde se gestó el origen del que es actualmente uno de los mayores viñedos del mundo, si no el que más.

Y con la implantación y expansión masiva de los viñedos en la zona surge la figura del “gañán” vitivinícola, el labrador trabajador de los viñedos, y con él una cultura y forma de vida verdaderamente novedosa y peculiar. En esta zona venía recibiendo la denominación de gañán aquel que, tanto como propietario como por asalariado a cuenta ajena, trabajaba las tierras de labranza, para lo cual precisaba necesariamente, para muchos de los trabajos que desarrollaba, pero en especial el de arar, de una “yunta” o pareja de mulas, que era el animal empleado mayoritariamente para los trabajos en el campo.

Así pues, esa expansión del viñedo desde mediados de la segunda mitad del siglo XIX supondrá una muy marcada transformación en el paisaje de este territorio, ya que paulatina y exponencialmente los nuevos cultivos de vid van 33suplantando no sólo a los hasta entonces tradicionales y predominantes cultivos de cereal, sino que también conlleva finalmente una imparable roturación de las extensas dehesas y zonas de monte todavía virgen tan presentes hasta esos momentos tanto en el área villarrubiera y daimieleña como en buena parte del resto de la Llanura Manchega, ya que la favorable coyuntura del momento demanda el buscar, cada vez en mayor cantidad, nuevas tierras de labor para, con una cada vez mayor producción, ganar terreno y desbancar a los tradicionales productores europeos como principales exportadores en el mercado internacional.

El resultado final es que en pocas décadas las antaño extensas dehesas manchegas quedan reducidas a la mínima expresión –desde, casi en el mejor de los casos, pequeños e incluso minúsculos bosquetes de encinas, hasta, lo más común y generalizado, solitarios ejemplares muy distantes unos de otros- y, por el contrario, un extensísimo mar de viñas termina por cubrir buena parte del solar manchego, siendo la llanura villarrubiera y daimieleña y la de sus comarcas vecinas más próximas uno de sus principales focos, realidad que ha llegado y se mantiene en la actualidad.

Esas nuevas tierras ganadas a las dehesas y al monte virgen en favor de los nuevos viñedos suelen coincidir con zonas localizadas a una notable distancia de los pueblos de donde eran naturales y residían los gañanes que las ponen en explotación y las trabajan. Así, en una época inicial en la que los medios de transporte –carros tirados por tracción animal- eran muy lentos y rudimentarios y el ir de los pueblos de residencia a esas explotaciones distantes, y viceversa, suponía emplear un tiempo importante de camino -en algunos casos horas y horas y hasta casi un día entero- se toma como solución levantar en los lejanos lugares de trabajo viviendas o refugios para, mientras duraran esos trabajos, pernoctar en el lugar de trabajo, y, al cabo de los mismos, regresar al lugar de residencia de los pueblos.

Surge así, dentro del mundo gañán, la cultura de los “bombos”, las “quinterías”, los “silos”, los “chozos” y las “corralas”, diversos tipos de vivienda y refugio que, individuales y aislados unos de otros, son levantados en mitad del campo y se asocian a esas tierras de labor sujetas a largas distancias, aspecto que generará entre los gañanes una forma de vida singular y marcadamente solitaria que a su vez ha incidido en buena medida el carácter y personalidad de los manchegos de la última centuria.

De todos esos tipos de viviendas y refugios, los más destacados dentro de La Mancha serán, por su mayor complejidad constructiva y su protagonismo en el paisaje, los bombos y las quinterías. Los bombos proliferarán especialmente en la zona de Llanura Manchega más central, como la de Tomelloso o Alcázar de San Juan, mientras que, en este caso, la quintería será el refugio y vivienda más común y habitual en la Llanura Manchega más occidental, es decir, la de Villarrubia y Daimiel y demás comarcas aledañas.

32Básicamente, una “quintería” es una casa de planta rectangular, de paredes de tapial o barro, con una techumbre de teja árabe a dos aguas y un espacio interior sencillo y muy simplificado preparado para dar cobijo –para por la noche, los días lluviosos o muy ventosos, las horas de máximo calor veraniego…- tanto al gañán como a sus mulas. Así, dentro de las quinterías, en ese espacio interior se diferencian dos estancias: por un lado la de los animales, tratándose de un espacio diáfano dotado solamente de pesebres adosados a las paredes para su alimentación; por otro, una segunda estancia reservada en este caso para los gañanes y que básicamente cuenta con una zona de hogar y chimenea para hacer la comida y procurar calor al habitáculo, y, junto a éstas, dos o más “poyos”, un tipo de camastro de obra para el descanso y el dormitar fuera de las horas de trabajo.

Entre la estancia de los gañanes y la de las mulas prácticamente no se da ningún tipo de aislamiento ni separación física, de manera que ambos comparten la misma atmósfera, ya que lo que se quiere es que, sobre todo de cara a las frías y gélidas noches invernales, por un lado los animales puedan también recibir el calor del fuego del hogar y la31 chimenea, y a la vez, que el calor de los animales contribuya, en beneficio de los hombres, a dar calor a toda la estancia. A ello va a contribuir de forma decisiva la naturaleza constructiva de este tipo de vivienda propio, sobre todo, de esta zona más occidental de La Mancha, siendo clave el material con el que levantan las paredes, que será a base de tapial, es decir, barro trabado y compactado.

El tapial va a actuar como un inmejorable aislante respecto a las acusadas y extremas temperaturas que se produzcan en el exterior, permitiendo guardar el calor interior durante los largos y fríos inviernos manchegos, y, al mismo tiempo, mantener un ambiente fresco y aliviador en las horas más duras de calor de los insufribles veranos también manchegos. Lo cual quedará reforzado, complementando lo anterior, al forrarse las techumbres por dentro con una espesa capa y amasijo de carrizo y enluciendo las fachadas con cal viva, de manera que, debido a este segundo aspecto, estas viviendas mostrarían de cara al exterior un color y aspecto de blanco intenso y reluciente cuando, en este último caso, a lo largo del día, más acentuada era la luz solar.

Además, para conseguir dicho efecto aislante respecto a las inclemencias y temperaturas extremas del exterior, se procurará que el habitáculo presente los menos vanos u oquedades posibles que comuniquen su interior con lo de fuera, siendo la cantidad de estos mínima, limitándose, por lo general y con ese propósito, a una pequeña y estrecha puerta de entrada, a alguna -y no siempre- muy pequeña ventana que permita observar el exterior sin salir fuera ni abrir la puerta, y al, en este caso, siempre presente, tragaluz u “ojo de buey” que, normalmente orientado al este, permita una mínima iluminación natural en las horas de luz solar.

Esa perfecta e inmejorable adaptación de este original tipo de refugio manchego a las durísimas inclemencias atmosféricas y del tiempo meteorológico que a lo largo del año se suceden en este territorio, especialmente en lo que a las temperaturas se refiere, no responde sino a una sencilla manera de utilizar y combinar los materiales que ofrece en propio entorno, pero que se cimienta en una sabiduría popular que han ido gestando las gentes del lugar desde muy antiguo, quizás desde hace milenios ya en la época de las motillas de la Edad del Bronce o incluso más anteriormente, despertando en la actualidad la admiración de los más modernos y vanguardistas arquitectos, entre otros muchos el prestigioso y afamado daimieleño Miguel Fiscac, que estudian, analizan e incluso tratan de imitar de cara a los nuevos tiempos con auténtica admiración su perfecta adaptación a ese inhóspito medio.

Con todo, lo  cierto es que, con el auge del viñedo a partir del transcurso de la segunda mitad del siglo XIX y el consecuente aumento de nuevas tierras de labor, por lo general cada vez  más alejadas de los pueblos, el campo manchego y, en este caso, la llanura villarrubiera y daimieleña, y la de las zonas más próximas, se llena de quinterías, pareciendo un mar de viñas de verdoso oleaje surcado por toda una flota de barcos dispersos y de blancas velas.

Pero también proliferarían otro tipo de refugios que, no obstante, perseguirían y responderían a la misma necesidad. Así, en la zona de Villarrubia y Daimiel también van a ser muy comunes los “silos”, cuevas artificiales que se excavan en el roquedo del terreno para acondicionarlas en su interior a modo de quinterías –con hogar, chimenea, poyos para dormir, pesebres para los animales…-, resultando en última instancia una especie de quintería subterránea con paredes de piedra en vez de tapial pero con el mismo efecto aislante. Este tipo de refugios y habitáculos subterráneos y trogloditas en el campo ya eran comunes en este territorio en época oretana y andalusí, utilizándose sobre todo, por sus condiciones tan favorables –principalmente su ambiente fresco y la inexistencia de humedad-, como almacenes para guardar y conservar productos agroalimentarios como el cereal, el aceite o el vino.

También los “chozos” y las “corralas”, en este caso refugios mucho más modestos y muy simples asociados a campesinos muy humildes que no podían aspirar a más. Los primeros, los “chozos”, eran simplemente una pequeña cabaña cónica elaborada por lo general con el tallo del carrizo obtenido de las muy próximas o inmediatas zonas húmedas situadas en esta zona –ríos y tablas del Gigüela y del Guadiana o las lagunas del entorno de Daimiel, fundamentalmente- y, por su modesto tamaño, sólo daban refugio a poco más de una persona. En cuanto a las “corralas”, éstas no eran sino básicamente un pequeño abrigo a base de piedras amontonadas y con un pequeño hueco o espacio interior para meterse en ella, pero al descubierto y sin techar, donde alguien podía al menos guarecerse en momentos muy puntuales, fundamentalmente cuando soplaban los desapacibles vientos fríos.

Sin embargo, el apogeo de las quinterías y demás refugios en los campos de labranza manchegos comenzó a vivir su ocaso ya entrada la segunda mitad del siglo XX, a partir de la década de los años sesenta y setenta, a la vez de 30iniciarse paralelamente el ocaso de sus moradores, los gañanes. La introducción y generalización a partir de esos años de los modernos medios de transporte -vehículos con tracción a motor que permiten recorrer distancias mucho más largas en bastante menos tiempo que los ya anticuados carruajes tirados por bestias- hace que las quinterías y demás refugios pierdan todo su sentido, pues ahora el labrador, en el mismo día, por muy alejada que esté la tierra que trabajar, puede ir y volver a su casa en el pueblo en el que reside sin restarle apenas tiempo a su jornada de trabajo en el campo. Al mismo tiempo, con la llegada de los tractores y demás vehículos para los trabajos en el campo, quedan también como algo obsoleto e inservible las yuntas de mulas para las diversas labores agrícolas, y, con ello, la figura del tradicional gañán queda sustituida por el moderno agricultor mecanizado.

No obstante, hoy en día, las quinterías, aunque en su amplísima mayoría en desuso y en ruinas, son aún uno de los principales elementos protagonistas del paisaje manchego de la zona de Villarrubia y Daimiel y comarcas limítrofes, y, derivando todavía en ese mar de viñas de verdoso oleaje ahora cuan si fuesen embarcaciones descascarilladas y fantasmas, son ya sólo prácticamente el recuerdo en estos parajes de un mundo no muy lejano en el tiempo pero que ya ha quedado totalmente sobrepasado por la modernidad y cuyo alma eran esos solitarios y sufridos gañanes trabajando con sus infatigables yuntas de mulas.

Otras construcciones tradicionales ligadas a las actividades agrícolas de la zona y que ya también en muchos casos se dejan ver en estado de abandono por los campos de Villarrubia y Daimiel son, por ejemplo, las grandes casas de labranza, conjuntos arquitectónicos mayores y aún más complejos que las quinterías asociados a grandes tierras y latifundios de labor y que, dotados de varias dependencias o incluso varios grandes edificios, aúnan y sintetizan las fórmulas, técnicas y elementos constructivos y decorativos más representativos de la arquitectura tradicional manchega, caso por ejemplo de La Blanquilla, la Casa del Monte Máximo, la Casa del Monte SevillanoLa Rinconá, La Duquesa, Casablanca o Zacatena, estas tres últimas junto al Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia. Asímismo, los pozos de noria, con sus correspondientes albercas, entorno a los cuales se desarrollaban pequeñas huertas muy productivas para el autoabastecimiento, muchas veces ligadas a las propias quinterías, y que fueron muy numerosos y prolíficos por la existencia en el subsuelo de esta zona del gran aljibe subterráneo y natural que es el Acuífero de la Llanura Manchega Occidental, siendo finalmente también superados por los tiempos modernos. Igualmente, algún que otro palomar en ruinas suele dejarse ver por estos paisajes. Y lo que son muy generalizados y típicos son los conocidos como “majanos”, una construcción de lo más elemental, tanto del pasado como del presente, que no es sino un amontonamiento de piedras en un mismo punto realizado por los labradores con el propósito de que, con las que se van topando en sus faenas y les estorban, no  vuelvan a entrometerse en sus tareas.

Existen majanos levantados de la manera más descuidada que se pueda imaginar, mostrándose como meros amontonamientos de piedra sobre piedra, hasta majanos construidos con un muy esmerado cuidado, casi con un sentido artístico, hilada de piedras sobre hilada de piedras, como los bombos de otras zonas de La Mancha. En todo caso, con la construcción de los majanos los labradores manchegos han levantado indirectamente toda una auténtica cadena de refugios de primera magnitud para buena parte de la fauna silvestre que campea por la Llanura Manchega. Así, dotados de multitud de huecos, oquedades y galerías internas, en estos amontonamientos de piedra
se refugian, crían o hibernan especies de animales silvestres tan destacadas como el alacrán, diversos tipos de29 lagartijas, el lagarto ocelado, culebras como la de escalera y la bastarda, el conejo, la comadreja, el turón, el zorro o aves como las abubillas o los mochuelos.

Actualmente, las viejas quinterías, casas de labranzapozos de noria o palomares de esta parte de La Mancha, en proceso de derrumbe, conviven con modernas y nuevas construcciones y edificaciones y otro tipo de elementos y artefactos que, levantadas con materiales y técnicas constructivas alejadas de lo tradicional, en las últimas décadas han proliferado en multitud, robando el protagonismo a aquellas, tales como las modernas y pequeñas casillas para los pozos y motores de riego -junto a las que en los últimos tiempos se ha empezado a instalar de manera cada vez más prolífica y multitudinaria paneles solares ligados a la más novedosas técnicas de irrigación-, grandes naves agroindustriales ligadas a extensas fincas, modernas casas de campo que son utilizadas por los actuales labradores bien para guarecerse sólo en momentos puntuales, bien, incluso, para ocio a modo de chalets, así como los mastodónticos pivots también para el riego y los postes y torretas de tendidos eléctricos.

Podar, arar, requerir, injertar, esfollonar y vendimiar

El cultivo de las vides -o “parras”, como se dice en Villarrubia- requiere numerosos trabajos a lo largo del año. De todos ellos, entre recolección y recolección, los más importantes, de nuevo utilizando el vocabulario villarrubiero, son la “poda” y el “arao”, así como otras faenas como “requerir”, “injertar” o “esfollonar” y, totalmente generalizado desde la década de los años setenta, el “riego”.

Este último tiene lugar en verano, cuando la uva está en el proceso de maduración, y propicia, sobre todo por las 28noches, todo un estremecedor espectáculo sonoro, cuando, literalmente, buena parte del campo manchego de esta zona ruge con miles de motores de los pozos de riego extrayendo simultáneamente el agua del subsuelo. Desgraciadamente, este hecho, si bien  actúa como uno de los principales motores económicos de la comarca, también ha contribuido, junto al riego de otros cultivos aún más demandantes de agua, a la sobreexplotación de los acuíferos de la Llanura Manchega y, consecuentemente, una indefinida agonía para La Mancha Húmeda.

Finalmente la temporada vitivinícola culmina con la recolección, es decir, la vendimia. Ésta tiene lugar fundamentalmente en el mes de septiembre y supone todo un acontecimiento social en la zona. Durante varias semanas, los pueblos parecen despoblarse, mientras que los viñedos se llenan de vida y hasta jolgorio, rastreados hasta la extenuación por incontables “cuadrillas” de vendimiadores, muchas de ellas familiares, que, racimo a racimo, “parra” a “parra”, van obteniendo el fruto y la materia prima de lo que será el producto estrella de toda esta comarca: los distintos vinos “Denominación de Origen La Mancha”. No obstante, la vendimia también está sufriendo una transformación, fruto de la transformación que a su vez están sufriendo los viñedos manchegos y los de la zona de Villarrubia y Daimiel, pues las tradicionales plantaciones de vides “bajas” o “de vaso” se están reconvirtiendo en vides “altas” o de “espaldera” con el fin de ser vendimiadas ahora con máquinas, constituyendo esto una novedad en el paisaje y la realidad vitivinícola de buena parte de La Mancha y la zona de Villarrubia y Daimiel.

Con todo, el mar de viñas, tanto de vaso como de espaldera, compartido por estos dos municipios y los más próximos está especializado en una tradicional producción tanto de vinos blancos, que responden mayoritariamente a la variedad “airén”, como de vinos tintos, en este segundo caso la variedad “cencibel” y “tempranillo”, a los que, no obstante, en los últimos tiempos se les ha añadido otras variedades más novedosas también introducidas con éxito, como los vinos “macabeos”, “verdejos”, “verdochos” o “chardonnay”, también blancos todos estos últimos.

En todo caso, los extensos viñedos dados en la zona de llanura comprendida entre Villarrubia y Daimiel también conviven con otros cultivos tradicionales, como los cerealísticos, basados sobre todo en el trigo, la cebada, el centeno y la avena, y el del olivar, con las variedades fundamentalmente “cornicabra” y “picual”, que muy prolífico en las faldas y zonas de raña de la fachada sur de la Sierra de Villarrubia, también tiene una notable presencia en las zonas llanas, en especial algunos parajes también villarrubieros como El ChaparrilloLos Molodros, el Monte Máximo o Conrado. Y también tradicional pero menos extendido aún son las plantaciones de almendro.

Finalmente, a todos ellos se une una serie de cultivos no tradicionales y de naturaleza agroindustrial que desde la década de los años setenta han sido introducidos en este ámbito a la par que el boom de la moderna agricultura de regadío, como son el maíz, la remolacha, la alfalfa, el pimiento, el melón o la sandía, que, a modo de grandes y extensas plantaciones, se han hecho un hueco importante en el paisaje de esta parte de la Llanura Manchega, conllevando, por otra parte, la enorme demanda de agua que supone el abastecerlos, muy superior al riego de la vid, esa merma de las aguas subterráneas de las que se alimentan y la consiguiente alteración o desaparición de las zonas húmedas dependientes de ellas.

Antes que las vides, ganados, ganados y más ganados

Sin embargo, el incuestionable y abrumador peso de la agricultura en todo este territorio en la actualidad, y en especial el de la vitivinicultura, no siempre ha sido así, ya que, de hecho, en las centurias anteriores, y durante mucho tiempo, toda esta área, poblada antaño por extensas dehesas, llegó a ser mucho más un territorio de ganaderos que de agricultores. Y prueba y ejemplo de ello fue la destacadísima ganadería de lidia desarrollada en la zona llana de Villarrubia conocida como Ganadería de los Toros Jijones, ganadería que entre finales del siglo XVII y27 comienzos del XIX llegó a convertirse en todo un referente al más alto nivel de la tauromaquia nacional.

Esta ganadería de lidia fue gestada por una de las familias de más alto linaje de Villarrubia, la familia Sánchez-Jijón, siendo considerada, además de una de las más prestigiosas de su tiempo –junto a otras como la Ganadería Ulloa y la Ganadería Vázquez-, como una de las ganaderías fundacionales del toro bravo. Así describe a los Toros jijones el historiador local Luís Villalobos Villalobos: “Toros grandes, de regulares defensas –no cornalones-; de piel normal; pelo corto, fino y brillante de tonalidad colorada encendida; con un sistema locomotor bien desarrollado; y con pezuñas blandas y bastas y corvejones abiertos. Respondían a los estímulos con agresividad y a las suertes y los engaños con bravura, nobleza y codicia. Su presencia en las plazas se reconocía por estar herrados mediante una flor de lis y por la divisa roja que portaban”.

Pero al iniciarse el siglo XIX, el linaje de los Sánchez-Jijón se queda sin descendencia, desapareciendo, y con éste, desaparece también la que había sido esta prestigiosa ganadería. En todo caso, desde otros puntos de España, dio tiempo a crear, a partir de ésta, otras nuevas ganaderías también de renombre durante varias décadas dentro del panorama nacional del siglo XIX ya también desaparecidas. Y testimonio en la actualidad de aquella ganadería taurina por los campos de la llanura villarrubiera destaca la conocida como «Casa del Herraero», un notable edificio superviviente de un complejo arquitectónico aún mayor y ya desaparecido destinado precisamente a «herrar» -o lo que es lo mismo, marcar con hierro candente-  a aquellas afamadas reses de lidia.

En la actualidad, en la zona de Villarrubia y Daimiel, al igual que en buena parte del territorio manchego, la actividad ganadera aún mantiene cierto peso, siendo un escenario más en donde se gesta y se elabora uno de los productos más emblemáticos de La Mancha: el queso manchego de oveja.

Encinares y arenales

Respecto a las grandes dehesas y encinares que antaño envolvían buena parte de este territorio y que fueron literalmente arrasadas sobre todo a raíz de la fiebre vitivinícola iniciada a mediados de la segunda mitad del siglo XIX, actualmente sólo quedan como testigo de aquello, como si hubieran sido reos inicialmente condenados a muerte para posteriormente quedar indultados, algunos majestuosos ejemplares solitarios de encinas que salpican muy de vez en cuando el paisaje de esta zona de la Llanura Manchega, así como algún que otro escaso, aislado y minúsculo reducto adehesado, caso de los parajes de Los Montecillos, el Monte Chaqueta o el Monte Habanero en las inmediaciones de Villarrubia de los Ojos.

Excepción aparte lo representan en la zona las, en este caso todavía sí existentes, aunque también muy mermadas respecto a un pasado más esplendoroso, dehesas de El Silo –entre Arenas de San Juan y Puerto Lápice-, Madara –a medio camino entre Arenas de San Juan, otra vez, y Manzanares-, y, muy especialmente, la gran dehesa de Casablanca-Zacatena, en las inmediaciones del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, siendo esta última la más extensa y mejor conservada de todas ellas.

La Dehesa de Casablanca-Zacatena, que originalmente envolvía en buena medida a las Tablas de Daimiel y Villarrubia, llegó a protagonizar un muy notable papel histórico y económico en esta comarca –junto a las también 26muy próximas y extensas y ya desaparecidas dehesas de Curenga y Xétar-, especialmente durante la Edad Media, ya que, por un lado, durante buena parte de ese período estos grandes encinares fueron uno de los más importantes destinos para los ganados trashumantes -especialmente de oveja merina- que venían a pastar al territorio manchego desde distintos puntos del territorio peninsular, y, por otro lado, este espacio fue la principal zona de cría y de pastos para caballería de la Orden de Calatrava, con sede en la cercana fortaleza-monasterio de Calatrava La Vieja. A todo ello se le uniría, por la rica biodiversidad que atesoraba, una muy destacada actividad cinegética.

Esa importancia histórica y económica de la Dehesa de Casablanca-Zacatena quedó refrendada por el propio monarca Felipe II, algo de lo que se da cuenta en sus Relaciones Topográficas de 1575: “…el dicho río Guadiana allí va muy ancho y por tierra muy llana y parte por medio a la larga la dehesa de Çacatena. El qual monte es de tres leguas y media de largo y casi dos leguas de ancho. Es monte de enzinas muy cabdales de altor y grandor, que ay encinas de quatro y seis varas de medir de grueso; es toda la yerva y prados y muy llena; ay conejos, liebres, gamos y se crían en ella lobos y raposas y gatos monteses y garduñas que hacen mucho daño a la caça, la cual se guarda muy bien porque ha venido su Magestad el rey don Philipe nuestro señor tres vezes al dicho monte y mando su Magestad que se guardase muy bien…”.

Con todo, lo que actualmente queda de la antigua gran Dehesa de Casablanca-Zacatena, anexa al Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia en su frente noroccidental, se erige como uno de los espacios de mayor valor 25ecológico dentro de lo que es este área de la Llanura Manchega más occidental, enriqueciendo junto a ese humedal la biodiversidad de esta zona de llanura, en la que predomina un medio y una vida de carácter eminentemente esteparios. Lo cierto es que la dehesa es un ecosistema que, aunque muy antropizado al ser producto de la intervención del ser humano, también engloba un enorme valor ecológico, siendo su componente fundamental la encina, que genera bellotas, que van a suponer, directa o indirectamente, el alimento de muchas especies animales que por ello van a habitar o frecuentar este medio. Dentro de la Dehesa de Casablanca-Zacatea destaca por ese motivo la presencia del jabalí y la grulla. En este segundo caso, anualmente vienen a invernar a las Tablas de Daimiel y Villarrubia –procedentes de zonas del centro y norte de Europa-, varios miles de grullas, que se ven atraídas por los humedales de esas características por utilizarlos por las noches como dormidero, pero que encuentran su principal despensa de alimento fuera del humedal en focos como estos encinares al tener gran preferencia por la bellota. Otras especies específicas que habitan o frecuentan estas dehesas son varias especies de murciélagos, el lirón careto, el gato montés, la gineta, la comadreja, la garduña o aves como los alcotanes, el elanio azul, mochuelos y autillos, urracas, grajillas, pitos reales, carracas, abubillas, críalos, palomas torcaces y tórtola común, alcaudones, carboneros, herrerillos, pinzones, etc…

Por último, la diversidad paisajística y ecológica que se da dentro de la porción de Llanura Manchega más próxima a Villarrubia y Daimiel queda completada por la existencia en la zona de llanura más inmediata a Villarrubia, y muy próximo también al entorno de las Tablas de Daimiel y Villarrubia y la Dehesa de Casablanca-Zacatena, de una amplia franja de paleodunas.

Conocidas también en la zona como “arenales”, se trata de un extenso manto de arenas que, a modo de dunas, quedó11 acumulado en superficie en un importante sector de este territorio debido a la acción del viento bajo unas condiciones climáticas muy áridas en algún momento pretérito del Cuaternario. Todo parece indicar que un muy prolongado en el tiempo y a la vez fuerte viento transportó aquí estos materiales arenosos desde las faldas y rañas situadas en la fachada sur de la Sierra de Villarrubia y resto de Montes de Toledo más cercanos, conformando actualmente unos terrenos superficiales que rompen con la monotonía del sustrato superficial calizo predominante en esta parte y la del resto de la Llanura Manchega.

Esta otra variación paisajística en el contexto calizo de esta zona de la Llanura Manchega ha conllevado un enriquecimiento en cuanto a biodiversidad se refiere, pues numerosas especies vegetales y animales específicas o prolíficas en este tipo de terrenos arenosos se han expandido por ellos. Así, en cuanto a fauna se refiere, en los “arenales” de Villarrubia cabe destacar sus importantes colonias de sapos –el común, el corredor, el partero y el de espuelas-, de lagarto ocelado, de conejo o de abejaruco común, de las más importantes de toda la Llanura Manchega más occidental.

Por tanto, la llanura villarrubiera y daimieleña y la de los pueblos y comarcas más cercanas engloba algo más complejo que un simple mar de viñas, pues entre el oleaje y la marejada verdosa de los viñedos se intercala y extiende todo un inframundo de variedad paisajística y biodiversidad del que durante muchas décadas fueron testigos mudos los gañanes que trabajaban estos campos, y que ahora ya sólo lo contempla hieráticamente, como único representante de ese pasado no tan lejano, las ruinas de las ya casi extintas quinterías manchegas.