LA SIERRA DE VILLARRUBIA: UN CABAÑEROS QUIJOTESCO, BALCÓN DE LA MANCHA Y DE LAS TABLAS Y GUARDIÁN DE LAS MOTILLAS

La Sierra de Villarrubia de los Ojos del Guadiana se encuadra dentro del conjunto de sierras de La Calderina. Esta denominación recibe el sector más oriental de los Montes de Toledo, que, además de la Sierra de Villarrubia, engloba a las vecinas sierras de Los YébenesMalagón, Fuente el Fresno, Urda, Consuegra, Madridejos, Camuñas, Las Labores, Puerto Lápice y Herencia.

78Las sierras de La Calderina, incluida la de Villarrubia, junto al resto de los Montes de Toledo, donde se encuadra también el Parque Nacional de Cabañeros -en este caso en su sector más occidental-, forman un todo que engloba una serie de valores de entre los que destacan: se trata de uno de los relieves más antiguos de la Península Ibérica y del continente europeo; asociado a lo anterior, alberga una enorme importancia paleontológica; es uno de los pocos espacios donde aún y mejor se conserva el “bosque” o “monte mediterráneo”; y, finalmente, es uno de los últimos refugios para algunas especies en crítico peligro de extinción, como el águila imperial, el buitre negro o el lince ibérico.

Sin embargo, la sierras de La Calderina en general, y la de Villarrubia en especial, presentan una serie de singularidades, tanto paisajísticas y naturales, como histórico-culturales, respecto al resto de los Montes de Toledo, que imprimen a este espacio una personalidad y carácter propios.

Singularidad paisajística y natural dentro de los Montes de Toledo

Para empezar, esta franja del extremo más oriental de los Montes de Toledo conecta directamente con la gran Llanura Manchega, siendo literalmente su “mirador” natural. Desde cualquiera de sus cimas no sólo se tiene una excepcional panorámica de esa otra comarca natural, sino incluso también de otras próximas pero más distantes,79 tales como el Campo de Montiel, el Campo de Calatrava o hasta la todavía más distante cadena montañosa de Sierra Morena.

Pero, además, de entre todas esas sierras, la de Villarrubia destacará por tener el privilegio de ser “balcón” del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, pues su fachada o vertiente sur se sitúa justo enfrente del emblemático humedal manchego. Así, desde lo alto de esta sierra, incluso sólo a media altura, podremos tener una panorámica global inmejorable del humedal, casi a vista de pájaro, así como de su entorno más inmediato, en el que sobresalen parajes como la gran dehesa de Casablanca y Zacatena o el de los Ojos del Guadiana. A su vez, las Tablas de Daimiel y Villarrubia son el “espejo” de la Sierra de Villarrubia y, por extensión, de los Montes de Toledo, pues caprichosamente quedan reflejados con una perfecta simetría en este humedal.

Asimismo, las sierras de La Calderina y la de Villarrubia actúan como todo un hito geográfico de primera magnitud para quien vive o transita dentro de la Llanura Manchega, especialmente y por su cercanía,  en su sector más occidental. Situadas al noroeste de esta gran llanura, permiten, por ejemplo, tanto al lugareño como al transeúnte90 orientarse en el espacio y calmar y romper la sensación de infinita horizontalidad y monotonía que interactuando en ella o recorriéndola se experimenta.

Precisamente, sobre todo la Sierra de Villarrubia, por su situación geográfica, que discurre, a muy poca distancia, prácticamente paralelamente a la del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, y previamente a las tablas y tablazos tanto del Gigüela como, en menor medida, del Guadiana, actúa en combinación con aquellos como todo un hito geográfico en lo que es uno de los corredores ecológicos más importantes de esta zona de la Península Ibérica para las aves en época de migración, tanto invernal como estival. Así, durante esas fechas, es frecuente ver sobrevolar estas sierras o su entorno más próximo, gran cantidad y variedad de aves migratorias, entre las que destacan especies tan especiales como la grulla, la cigüeña negra, el milano negro o el halcón abejero, que parecen tener en estas sierras, en paralelo con los tablazos mencionados, un referente de primera magnitud en sus recorridos tanto de ida como de vuelta Norte de Europa-Sur de Europa, Sur de Europa-Norte de Europa y Europa-África, África-Europa.

También, las sierras de La Calderina, y de nuevo en especial la Sierra de Villarrubia, han sido históricamente, dentro del conjunto de los Montes de Toledo, una zona potencialmente lincera. Sin embargo, el brusco declive del lince ibérico experimentado para todo el territorio peninsular a partir de los últimos lustros el siglo XX no ha sido aquí una excepción, hasta el punto de quedar casi extinto. En todo caso, desde hace años se está trabajando para invertir dicha tendencia a partir de importantes y esperanzadores programas de recuperación en estas sierras que vuelvan a convertir al lince en uno de sus habitantes más extendidos y emblemáticos.

Igualmente, pocas décadas atrás era frecuente aquí el lobo, ya totalmente desaparecido. Y todavía a finales del siglo XIV el oso pardo era frecuente en estas sierras de La Calderina, haciendo una destacada presencia en la de Villarrubia según el Libro de Montería de Alfonso XI.

Por otro lado, la zona más oriental de las sierras de La Calderina, en concreto la que va sobre todo desde el este de la Sierra de Villarrubia hasta sus últimos flancos ya en la Sierra de Herencia, alberga el mayor enebral de los Montes de Toledo. El enebro se asocia a climas más bien escasos en precipitaciones y humedad, tendencia que es la que se da en los Montes de Toledo de oeste a este, ya que la mayor parte de las lluvias, venidas del Atlántico, van debilitándose a medida que va siguiéndose esa dirección, por eso la vertiente más oriental es más seca y menos húmeda, lo que hace que proliferen especies vegetales adaptadas a climas más secos, caso de esta especie.

Vigía de las “Pirámides de La Mancha”

En el aspecto histórico-cultural, en el conjunto de sierras de La Calderina y, de nuevo, de forma destacada en la de Villarrubia, se asienta un importante grupo de yacimientos arqueológicos que se asocian a la gran cultura prehistórica del Bronce de La Mancha, siendo estos los conocidos como “castellones”. Coetáneos a las motillas del 

80mismo período y ente cultural, todo hace indicar que se sitúan en estas sierras adjuntas a la Llanura Manchega precisamente para controlar, en aquella época de muy probable extrema sequía, los que son considerados los pozos más antiguos tanto de la Península Ibérica como del continente europeo, protegidos por esas fortalezas de la llanura que hoy llamamos motillas, también conocidas como las “Pirámides de La Mancha”.

En unos casos simplemente puestos de vigilancia y en otros auténticos poblados de hábitat, en su conjunto se trataba de emplazamientos dispuestos en las más elevadas y agrestes alturas de estas sierras con un claro sentido estratégico -difícil acceso, proximidad a cursos fluviales y tierras fértiles serranos, control de vías de comunicación también serranos y periféricas y gran panorámica de las zonas de llanura a la que asoman- y provistos habitualmente de defensas tanto naturales como artificiales.

De entre todos los castellones localizados en las sierras de La Calderina, por su privilegiada posición respecto a la Llanura Manchega y la zona nuclear donde se ubica la mayor concentración de motillas, así como por los principales pasos naturales que atraviesan estas sierras, muestran una especial relevancia los castellones de la Sierra de Villarrubia, destacando los de “Los Castellones”, “El Cerrajón”, “Los Picones”, el “Colmillo del Diablo”, “La Friolera” o “Peñón del Moro” y “Manciporras”.

En el resto de sierras de La Calderina destacan el de la “Sierra de los Moros” de Malagón; el “Morrón Grande”, el “Morrón de En medio” y “La Gineta” en Urda; y, en la Sierra de Herencia, los castellones de “Los Galayos”, “El Tocón” y “El Navajo”. Precisamente, este último se eleva sobre un refugio excavado de forma natural en el roquedo, “La Rendija”, en el que los hombres del Bronce realizaron una serie de pinturas rupestres esquemáticas con motivos antropomorfos y zoomorfos y posiblemente por ello fue un lugar sagrado y de culto. Se trata del único foco de esta parte de la provincia de Ciudad Real en el que se da un arte prehistórico de este tipo.

Cabreros, yangüeses, coladas y cañadas

También, según muchos cervantistas, dentro de lo que son las sierras de La Calderina, en la Sierra de Villarrubia o en sus más inmediatas proximidades, así como a los pies de la vecina Sierra de Puerto Lápice, sitúa Miguel de Cervantes el escenario para algunas de las aventuras de la segunda salida de la primera parte de “El Quijote”.

Así, en primer lugar, en las inmediaciones de la Sierra de Puerto Lápice, camino hacia la de Villarrubia, tiene lugar, tras la “aventura de Los Molinos de Viento” –que se suele atribuir pueblos del entorno de Alcázar de San Juan,81 como Campo de Criptana o el mismo Puerto Lápice-, la de “El Vizcaíno” –capítulos VIII y IX-. Tras ésta, el protagonista de la magistral e inmortal obra y su escudero avanzan hacia la vecina sierra villarrubiera, en donde se producen, entre los capítulos X y XV, primero los episodios de “Los Cabreros” y los amores y desamores entre Grisóstomo y la pastora Marcela y seguidamente el de “Los Yangüeses”, para, posteriormente, sucederse los hechos de la “Venta de Maritornes”, que ya sería en  algún lugar entre los actuales municipios de Fuente el Fresno y Malagón.

Lo cierto es que esta sierra ofrece rincones, parajes y pasos naturales que perfectamente pudieron servir de inspiración al genial escritor para ubicar en ellos dichas aventuras y sucesos. Lo que está claro es que la Sierra de Villarrubia, atravesada por varias vías pecuarias, venía mostrando desde siempre un muy importante trasiego de pastores y ganados trashumantes, de manera que no es de extrañar ni es casualidad que precisamente estos parajes inspiraran a Cervantes para ubicar estas aventuras tan directamente relacionadas con el mundo pastoril y la actividad ganadera.

Así, en parajes tan bucólicos y conectados a esas vías pecuarias como la “Peña” y la “Pedriza de los Novios”, la “Peña de la Retuerta”, la “Cruz de Ocaña”, “Peñamorejón”, “Peñas Amarillas”, “El Barrancón”, el “Puerto de Los Santos”, “Jalúa”, “Los Melecos”, “Las Bañaderas”, “El Allozar” y las cabezuelas tanto de “Barra” y del “Arroyo de San Cervantes” como la de “Renales”, o los de algunas de las elevaciones y cimas más evocadoras por lo agreste de su escarpado relieve como las de “Manciporras”, “La Friolera” o “Peñon del Moro”, la “Morra de La Virgen”, “El Alamillo”, “Los Castellones”, el “Monte Orégano”, “Los Picones” o el “Colmillo del Diablo”, perfectamente podemos imaginarnos el desarrollo de estos episodios y aventuras quijotescos ocurridos en suelo propiamente villarrubiero. Lo mismo ocurre con otros lugares también serranos histórica y directamente asociados a esa actividad pastoril y ganadera como “Peñas Pintadas” –refugio natural rocoso donde los pastores, generación tras generación, fueron grabando en sus paredes nombres, fechas, citas y poemas- “La Posadilla”, el valle de la “Fuente del Membrillo” y “Los Apriscos” –conjuntos de viviendas de pastores estos tres últimos, en el primer caso siguiendo el camino de la “Sendilla de La Virgen”- o la “Hontaná de Renales” y el “Pozo de las Pilas” –abrevaderos reales, en este otro caso, inmediatos a la vertiente sur de esta sierra-.

Precisamente, las vías pecuarias que surcan la Sierra de Villarrubia y sierras vecinas han representado históricamente los pasos naturales a través de los cuales poder atravesar estas sierras y por ello revisten un enorme valor histórico y patrimonial. Su antigüedad se remonta a las fases prehistóricas del Neolítico, Calcolítico y Edad del Bronce, cuando ya por ellas circulaban tanto las rutas del comercio como las de la trashumancia que iban desde la Submeseta Norte a la Submeseta Sur y viceversa. Dicha dinámica seguiría en época íbera, y ya en época romana, además, permitirían pasar de la llanura toledana a la Llanura Manchega para conectar las importantes ciudades romanas toledanas como “Toletum” y “Consaburum” –actuales Toledo y Consuegra- con las ciudades romanas y principales núcleos de población de la Oretania Septentrional o Manchega y las ricas tierras irrigadas por los ríos que la atraviesan. Posteriormente, en la época medieval, tanto los beréberes instalados en la zona aliados y colaboradores de los árabes invasores, como la posterior creación del “Honrado Concejo de La Mesta” por el Reino de Castilla con la Reconquista, seguirían imprimiendo vigor y dinamismo a  estos caminos y pasos de la trashumancia.

82Concretamente, las vías pecuarias que surcan la Sierra de Villarrubia son: la “Cañada de El Carrerón”, la “Colada de Los Santos” y la “Colada de Valparaíso”. Las tres, que atraviesan esta sierra de norte a sur y sur a  norte, terminan desembocando en su extremo septentrional en la “Cañada Real Soriana”, que , siendo una de las principales arterias peninsulares para la trashumancia, discurre por la vertiente norte de esta parte de los Montes de Toledo. Por otro lado, especial protagonismo adquirió en 1891 la “Colada de Los Santos”, cuanto tuvo lugar la  rotura de la presa romana de Consuegra sobre el río Amarguillo, provocando una catastrófica inundación de arrasó buena parte de este municipio y en la que Villarrubia tomó gran protagonismo en las tareas de socorro gracias a la buena comunicación serrana entre ambas localidades por medio de esta vía pecuaria.

Destacadas elevaciones y cimas con leyenda

En otro orden de cosas, en las sierras de La Calderina no se encuentran precisamente las mayores alturas y techos de los Montes de Toledo. En todo caso, dentro de estas sierras existen algunas cimas de notable altitud, destacando de entre todas ellas la de “La Calderina”, que, ubicada dentro del término de Urda, con sus 1.210 metros de altura es precisamente el cerro que da nombre a esta vertiente más al este de los Montes de Toledo.

Sin embargo, sobrepasando la cima de “La Calderina” se eleva el pico de “El Alamillo”, que, localizado en esta ocasión en la Sierra de Villarrubia, se erige con 1.213 metros de altitud como la verdadera torre del homenaje de estas sierras. Al parecer, el nombre de esta cima deriva del árabe y viene a decir algo parecido a “cima o colina del juicio”, pues cuenta la leyenda que aquí dirimieron sus diferencias y rivalidades a modo de duelo dos caudillos árabes en la época de dominio y esplendor andalusí.

Y de menor altura que “El Alamillo” y “La Calderina”, pero siendo también una de las altitudes más destacas de la Sierra de Villarrubia, asoma en su fachada sur la cima y la plaza de “Manciporras”, otro punto envuelto de leyenda. Llamado ya por los romanos “Platea Macipiorum”“Plaza de los Esclavos”-, en este caso, los restos primero de un castellón de la Edad del Bronce, y posteriormente punto de vigilancia a modo de atalaya tanto en época romana como en época islámica, alimentaron con el paso de los siglos, generación tras generación, la leyenda de que allí los “moros” escondieron un misterioso y grandioso tesoro de oro que después siempre ha sido infructuosamente buscado. Por otro lado, situada en este caso en el extremo más oriental de la Sierra de Villarrubia, justo en esta cima confluyen con los de esta localidad los términos otros tres municipios: Madridejos, Camuñas y Herencia.

Igualmente, también en la fachada sur de la Sierra de Villarrubia y de cara a la Llanura Manchega sobresale igualmente con una altura y majestuosidad considerable el promontorio conocido como “La Friolera” o “Peñón del Moro”, que, como custodiándolo, se yergue justamente sobre el municipio de Villarrubia de los Ojos, a sus espaldas, siendo también en distintas etapas históricas, además de otro castellón de la Edad del Bronce, atalaya y punto de vigilancia. Poco antes de llegar a su cima, existe un popular refugio rocoso a modo de covachuela conocido como la “Cueva de los Lobos”.

Arroyos, rañas y una carretera muy especiales

83Por otro lado, las sierras de La Calderina y de Villarrubia están surcadas por multitud de arroyos y fuentes de agua que en la práctica totalidad de los casos responden al régimen de estiaje veraniego. Es decir, en verano y en los años secos, sea cual sea la época del año en este último caso, permanecen secos o con un muy mermado caudal.

La red de arroyos de estas sierras apenas registra cursos fluviales de verdadera notoriedad. Sólo destacan el río Amarguillo, que tiene su nacimiento aquí -concretamente dentro de la Sierra de Urda- para posteriormente desembocar en el Gigüela o los arroyos de “Valdezarza” y de “Los Picones”. Este último nace en corazón de la Sierra de Villarrubia, la cual atraviesa por su vertiente norte para finalmente convertirse en el riachuelo de “El Cambrón”, que una vez fuera de la zona de sierra, irá a parar al Guadiana como afluente.

En todo caso, de todos los arroyos que surcan estas sierras, especial protagonismo e importancia tomarán los de su vertiente sur, sobre todo los de la Sierra de Villarrubia, ya que jugarán un papel destacado al verter hacia la zona de Llanura Manchega más inmediata y, consecuentemente, tanto a las tablas del Gigüela como a lo que es el actual Parque Nacional de Las Tablas de Daimiel y Villarrubia, al que contribuyen a retroalimentar hídricamente debido a su gran cercanía.

Además, no directamente de la sierra, pero gracias a su proximidad, en esa vertiente sur, en la zona de Villarrubia, se originan una serie de manantiales procedentes del agua de escorrentía serrana y conocidos como “hontanales”, que originan también arroyuelos que van a parar al Parque Nacional y entorno a los cuales se han desarrollado históricamente huertas muy productivas, caso de parajes villarrubieros como los de “Fuentemacho”, “El Sotillo”, “Renales” ó “Xétar”.

Del mismo modo, en la zona de transición entre las falda sur de la Sierra de Villarrubia y el inmediato Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia se da una amplia zona de raña, el otro gran biotopo y paisaje propio de los Montes de Toledo, que termina por fundirse con la también extensa dehesa que envuelve a este humedal, la Dehesa de Casablanca y Zacatena. Esa zona de raña, junto a los arroyos y manantiales que la recorren procedentes de las pendientes serranas, constituye todo un corredor ecológico que permite conectar esa zona de sierra con el gran humedal manchego, mostrando por tanto un valor ecológico y biológico de primera magnitud que hace de este espacio un verdadero paraíso para la biodiversidad.

Así, por ejemplo, especies como el águila imperial, el águila real, el buitre negro, el buitre leonado y el búho real,84 que habitan y crían o frecuentan esas sierras, rastrean estas rañas en sus desplazamientos a las Tablas de Daimiel y Villarrubia en busca de alimento, lo mismo que el jabalí o el gato montés o incluso los, hoy en día, escasísimos linces todavía por aquí presentes. Lo mismo ocurre a la inversa con muchas especies del humedal, que acuden desde éste a esta zona de raña serrana también en busca de alimento, caso, entre otras, de la grulla en busca de bellotas y pequeños animalitos con los que alimentarse, los patos para comer las semillas de los pastos y siembras dados entre las encinas de la raña, el aguilucho lagunero o incluso la nutria, que en las épocas de escasez hídrica del Parque Nacional remonta los arroyos de la sierra que lo alimentan para adentrarse su interior, buscando cursos de agua de entidad suficiente que garanticen su subsistencia, así como los pequeños embalses y abrevaderos artificiales existentes dentro de las fincas cinegéticas sobre todo para el abastecimiento de la caza mayor.

En otros casos, dentro de la vertiente sur de la Sierra de Villarrubia y sierras vecinas, las zonas de raña han sido transformadas y sustituidas por las gentes del lugar por el cultivo del olivar, planta que en esas cálidas laderas descendentes de la solana de la sierra ha encontrado un hábitat ideal. Así, en muchas de las faldas de estas sierras se dan importantes plantaciones de olivo, destacando por su extensión las dadas en algunos grandes valles que desde el interior de estas sierras se abren hacia la Llanura Manchega, caso de, en la Sierra de Villarrubia y su más próximo entorno, los valles de la “Raña de Renales”, “El Cambrón de La Milla”, “Peñas Amarillas”, “El Allozar” y “Los Jarales”. Estos olivares serranos, que responden a las variedades cornicabra y picual, producen un aceite de excelente calidad que ha dado lugar a la afamada y prestigiosísima denominación de origen “Montes de Toledo”.

Por otro lado, además de las vías pecuarias ya mencionadas, existe otro importante paso que, también con una dirección norte-sur y sur-norte, permite atravesar y el adentrarse en el interior de la Sierra de Villarrubia y, consecuentemente, gozar de la zona más interna de esta parte de los Montes de Toledo. Se trata de la carretera que une los municipios de Villarrubia, al sur y en la provincia de Ciudad Real, y Urda, al norte y ya en la provincia de Toledo, vía de comunicación que permite durante unos treinta kilómetros serranos recrear los cinco sentidos atravesando el corazón tanto de la sierra villarrubiera como la de Urda y en el que se van sucediendo ininterrumpidamente paisajes y parajes auténticamente impresionantes llenos de la vida, color, sonido y olores propios del bosque y monte mediterráneo.

“La alimaña más terrible de los Montes de Toledo”

También, históricamente los Montes de Toledo, llenos de multitud de refugios y lugares recónditos de difícil acceso, han actuado como vía de escape y refugio para bandidos, bandoleros, maquis, desertores y fugitivos de la justicia y el orden en general. Las sierras de La Calderina y la de Villarrubia no han sido una excepción, destacando dentro de la sierra villarrubiera y en las más inmediatamente vecinas la figura de “Castrola”.

Natural de Villarrubia de los Ojos, donde nació en 1851, Isidoro Juárez Navarro, alias “Castrola”, era un delincuente común que terminó por convertirse desde 1873 en un huido de la justicia al eludir el Servicio Militar, con destino a África, y darse a la fuga, encontrando en la sierra villarrubiera y las más próximas su refugio y zona de escondite y el escenario para cometer, en compañía de otros malhechores y fuera de la ley como “Farruco”, “El Ostias”, “El Mamón”, “Cartucho”, “El Purgaciones” o “El Tuerto de la Pelona”, un sinfín de fechorías de las cuales poder sobrevivir.

85Finalmente, “Castrola”, tras una emboscada tendida, fue capturado y muerto también en estas sierras en 1881, a los treinta años de edad. Su tenebrosa y temible figura y sus terribles fechorías hicieron de la figura de “Castrola” el personaje más legendario de estas sierras, siendo tachado como “la alimaña más terrible de los Montes de Toledo”. También, incluso se le dedicaron romances como: “Por allí viene Castrola, Castrola el bandolero, trae escondido en la faja, el trabuco naranjero. Le saltas chispas de los ojos, revuelto lleva su pelo. Y una mañana de otoño, Castrola el herradizo apareció muerto, colgado de la verja del Cristo, colgado cabeza abajo, como se cuelga a los cerdos, el bandido más feroz de los Montes de Toledo”.

Algunos lugares de estas sierras asociados a la vida y actividad bandolera y delictiva de “Castrola” fueron la conocida como “Cueva de Castrola”, uno de sus principales refugios, en la vecina Sierra de Madridejos, o el paraje de la “Fuente Blanca”, sitio en el que encontró violentamente la muerte, en este caso en la también vecina Sierra de Consuegra, para después ser abandonado su cadáver clandestinamente, antes de ser colgado por las autoridades en la Iglesia del Cristo de Urda, en la “Sierra de la Gineta”, también en Urda.

Lugares de culto, oración y festejos religiosos

También cabe destacar que tanto la Sierra de Villarrubia como las más próximas de esta zona de las sierras de La Calderina se encuentran teñidas de una más que palpable espiritualidad y halo religioso, que se manifiesta y materializa tanto por la existencia de numerosos topónimos asociados a esta realidad –como “Los Santos” o “Valdeinfierno” en la zona villarrubiera-, como por la existencia de varias ermitas, que parecen encontrar en estos parajes un lugar más que susceptible donde llevar a efecto la oración, meditación u otro tipo de actos y celebraciones relacionadas con el culto religioso.

Puede que esa especial relación de estas sierras con lo espiritual y religioso pueda estar relacionada, en parte, con la época de la Reconquista, ya que durante más de una centuria precisamente en estas sierras de La Calderina se situó el baluarte cristiano contra el poder islámico, establecido este último unas veces en La Mancha, a donde asoman, y otras al otro lado de ésta, en Sierra Morena, que también es avistada desde aquí.

Así, se pueden mencionar ermitas de esta zona de la serranía de La Calderina como la del “Santísimo Cristo del Espíritu Santo” en Malagón, la de “Nuestra Señora de la Fe” en Fuente el Fresno, las de “San Isidro” en Las Labores de San86 Juan y Puerto Lápice, la de “San Cristóbal” en Herencia, la de la “Virgen de Valdehierro” en Madridejos o la ya desaparecida ermita de “Santa María del Monte” en Urda. Y en la Sierra de Villarrubia, además de la ya también desparecida ermita de “Los Santos”, existen otras dos ermitas que sobresalen especialmente tanto por su belleza como por la de los parajes donde se sitúan y las envuelven.

Por un lado se encuentra la pequeña y humilde, pero a la vez entrañable y acogedora, ermita de “San Cristóbal”, en lo alto de un pequeño cerrito a los pies de la gran elevación serrana de “La Friolera” o “Peñón del Moro” y justo detrás del municipio de Villarrubia de los Ojos, al que parece vigilar. Desde esta ermita, cuya edificación actual data del siglo XVI con una tipología que responde a la de la típica casa de campo manchega conocida como “quintería”, se tiene una sobrecogedora panorámica, tanto de la parte de la Sierra de Villarrubia que queda a sus espaldas, como de buena parte de la inmensa Llanura Manchega que rodea el resto del entorno, permitiendo además una excelente panorámica tanto de los tablazos del Gigüela como del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, y más alejado y más difusamente, el paraje de los Ojos del Guadiana. A ella se puede acceder desde el municipio de Villarrubia por la conocida como “Sendilla de San Cristóbal”, a través de la cual tradicionalmente los habitantes de este municipio han peregrinado para celebrar una romería cada primer domingo de mayo.

Por otro lado, está la ermita de la “Virgen de la Sierra”, patrona de Villarrubia de los Ojos. En esta ocasión, esta ermita se sitúa en el fondo de un valle ubicado en el extremo occidental de la Sierra de Villarrubia, a unos diez kilómetros de este municipio. Respecto a su origen, puede que éste se remonte a tiempos muy lejanos, ya que el escenario donde se ubica, muy evocador y junto a un destacado manantial de agua, así como algún resto prerromano y romano encontrado en las inmediaciones, invita a pensar que ya en época íbera y oretana pudo ser un lugar de culto, ya que las gentes de esta cultura buscaban precisamente este tipo de escenarios para rendir pleitesía y comunicarse con sus divinidades.

Lo que sí se puede afirmar con seguridad es que ya en época visigoda este sitio era un lugar religioso en el que se 87rendía culto a la Virgen, ya que se encuentra documentado que en la segunda parte del siglo VI el papa Gregorio I donó para este lugar una imagen de la Virgen gracias a la intermediación de los arzobispos San Isidoro, San Fulgencio y San Leandro, que en su recorrido desde Sevilla y Écija para celebrar concilios en Toledo, pasaron varias veces por este punto intermedio, solicitando dicha donación. Además, esto se apoya en la existencia en este mismo lugar de una necrópolis de época visigoda, lo cual termina de confirmar ese pasado visigodo.

Posteriormente, no se sabe que fue de este lugar de culto con la invasión y dominio árabe y andalusí, pero, con los sucesos de la Reconquista desarrollados en esta zona, y más concretamente a partir de la victoria cristiana en las Navas de Tolosa en 1212, este sitio vuelve a convertirse ya ininterrumpidamente en un lugar de culto cristiano, rindiéndose culto a la ya desde entonces conocida como “Virgen de la Sierra”, materializado a partir de una imagen que se corresponde con las de las llamadas “Vírgenes Negras”, prolíficas en otros zonas de culto del entorno.

Lo que ha llegado a la actualidad es un pequeño pero bonito santuario del siglo XVII en el que se guarda y rinde culto a dicha imagen y en el que, con tan sólo una nave, destaca la cúpula de planta octogonal que se alza por encima del crucero latino y sobre la cual se superpone una torrecilla con linterna que finalmente es culminada por un chapitel recubierto de pizarra negra. También impresiona por su belleza el patio cuadrangular y porticado por el que se accede al santuario, que responde al típico patio solariego manchego, siendo un magnífico ejemplo de este modelo de tipología constructiva tan tradicionalmente característico de la zona.

La bonita edificación religiosa en su conjunto a su vez se encuentra envuelto por un paisaje y espacio natural de excelente belleza, al encontrarse en el fondo de un valle de esta zona de la Sierra de Villarrubia y de los Montes de Toledo que se expande hacia la Llanura Manchega y que, ubicado también a cierta altitud, permite igualmente una excelente panorámica tanto de la zona de Llanura Manchega más próxima, como, nuevamente, el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y Villarrubia, situado justo enfrente.

Al Santuario de la Virgen de la Sierra se puede acceder siguiendo dos caminos llenos de elevado sabor histórico y paisajístico. Uno de ellos es el conocido como “Camino de los Veladores”, transitado en la época medieval por los monjes-guerreros de la Orden de Calatrava, que, desde su sede en la cercana Calatrava La Vieja, venían aquí a rendir culto por este camino que pasa muy próximo a las Tablas de Daimiel y Villarrubia y algunos de sus parajes88 envolventes más destacados, como el de la Dehesa de Casablanca y Zacatena. Además, poco antes de adentrase en el valle en el que se encuentra el Santuario, este camino pasaba anexo por el ya desaparecido poblado medieval de “Xétar”.

El otro camino que conduce al Santuario es la llamada “Sendilla de La Virgen”, que en este caso conecta esa edificación religiosa y de culto con el municipio de Villarrubia de los Ojos. Su recorrido lo hace a media ladera por esa misma falda sur de la sierra y tradicionalmente ha sido transitado por los villarrubieros a modo de peregrinación para celebrar las dos romerías anuales que allí se celebran en homenaje de su patrona, una cada Domingo de Resurección y otra cada tercer domingo de Mayo.

Este camino pasa también por algunos lugares con notables reminiscencias históricas, como la “Cabezuela de Renales” –antigua atalaya o punto de vigía en épocas que van desde la íbera u oretana hasta la medieval- o los restos 89de las antiguas casas de pastores de “La Posadilla”. Pero, sobre todo, lo que más destaca recorriendo este camino son sus vistas, en especial las de su tramo final llegando al santuario desde Villarrubia, que son verdaderamente espectaculares, constituyendo en sí todo su tramo un auténtico “mirador” de La Mancha, Tablas de Daimiel y Villarrubia y demás zonas y paisajes envolventes, todo respirando y disfrutando del aroma y una muy buena panorámica de esta zona oriental de los Montes de Toledo.